Domingo, 13 Septiembre 2020 21:00

Dios atiende en Buenos Aires: el alud CFK, en un país unitario - Por Hugo E. Grimaldi

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“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires” se suele chicanear refiriéndose, entre otras cosas que hacen a los diferentes grados de desarrollo, a la lapicera presidencial, la que tiene el poder discrecional que se ha ejercido históricamente desde el Puerto hacia el interior del país. Unitarismo al palo.

Se suele decir especulativamente que en política “no hay casualidades, sino causalidades” y otras veces se afirma, con más seriedad y con el mayor rigor que aportan las pruebas, que “la Argentina no es un país federal”. También se repite mucho en todo el interior, a veces como crítica, aunque en otras como justificación, un refrán que debe ser explicado para que no se llegue a confundir el inveterado centralismo porteño con la Ciudad Autónoma que alberga a los porteños. “Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires” se suele chicanear refiriéndose, entre otras cosas que hacen a los diferentes grados de desarrollo, a la lapicera presidencial, la que tiene el poder discrecional que se ha ejercido históricamente desde el Puerto hacia el interior del país. Unitarismo al palo.

Estos tres dichos le dan un marco bastante preciso al contexto que se merecen los graves acontecimientos institucionales que se venían gestando y que culminaron durante la última semana en una montaña rusa en la que el escenario político cambió drásticamente, a partir de una serie de sucesos que mostraron de modo descarnado la brutalidad que generan los resentimientos.

La dinámica de los hechos mostró que, en apenas horas, se desataron dos cuestiones relevantes, para algunos perfectamente concatenadas: la rebelión –también para algunos observadores más televisiva que real- de la policía bonaerense para que se escuchen sus reclamos salariales y el posterior manotazo que dio el gobierno nacional para solucionar esa situación, a costa de retirarle a los contribuyentes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires un paquete de fondos que la administración porteña calcula en 150 millones de pesos diarios, para pasárselo a la provincia de Buenos Aires. Desde lo político-institucional, la decisión conmociona porque no sólo se trata de un avasallamiento explícito que vulnera la convivencia, sino porque resulta ser la manifestación plena de cómo el centralismo sigue haciendo de las suyas de modo discrecional y esta vez con una grave aura de rencor.

Si bien a la vista de la platea los protagonistas centrales han sido el presidente Alberto Fernández (quien además tuvo que pagar el costo político de las carencias que muestra la administración del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof) y el jefe de gobierno de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, detrás de toda la situación estuvo metida, como gran responsable del asunto, Cristina Fernández. Nunca se sabrá si a ella la tirria hacia la Capital Federal le viene porque cree a rajatabla que allí se aplica “un modelo de concentración de la riqueza” o porque al peronismo no puede ganar en el distrito, pero lo cierto que fue justamente ella quien le dio inicio a toda esta historia el 14 de diciembre de 2019, cuando en la asunción del intendente Fernando Espinoza, en La Matanza, pronunció aquella frase que hizo rodar por la ladera la primera piedra, hasta convertirla en un alud nueve meses después.

“En Capital hasta los helechos tienen luz y agua, mientras en el Conurbano chapotean en agua y barro. Debemos comenzar a discutir una distribución racional de los recursos, más allá del color político de los distritos”, dijo ese día Cristina con la Catedral de San Justo de fondo. En febrero, ya se hablaba del recorte un punto de la Coparticipación para volver atrás la asignación que, por Decreto, le había hecho Mauricio Macri a la Ciudad como compensación por el traspaso de la Policía, algo que el kirchnerismo anterior nunca había querido cumplir, pese al mandato constitucional. El propio Presidente señaló por esos días que todo lo que se podía llegar a hacer iba a ser conversado con la CABA. Por entonces, Rodríguez Larreta dijo que “confiaba en la palabra” de Fernández. Luego, llegó la pandemia y todo pareció quedar en estado latente.

Tras aquella resolución de Macri, que llevaba efectivamente la Coparticipación de la CABA a 3,75 por ciento de los recursos, la situación tuvo una vuelta de tuerca a su favor ya que el Decreto de origen fue superado por la Ley 27.429 del año 2017, la misma que dentro del llamado “Consenso Fiscal” que buscaba cerrar litigios con las provincias, le dio chapa a la asignación de la discordia, suma que finalmente se estableció en la planilla definitiva en 3,5% de los fondos coparticipables. La votación en el Senado cerró la disputa con 52 votos a favor, muchos de ellos de peronistas, 15 en contra y una abstención. Éste fue seguramente el motivo por el cual el ministro Wado de Pedro, bajó el tema al terreno político cuando calificó la decisión de Macri de “ilegítima”, ya que no podía expresar de ningún modo que había sido “ilegal”. Este último término y el facilismo de decir “Decreto por Decreto” quedó sólo para lo compren y lo difundan los militantes.

Avanzó la cuarentena y los problemas del gobernador Kicillof se multiplicaron, sobre todo por las carencias que tiene el Conurbano bonaerense que hoy es más que un polvorín alejado de la mano de Dios, con infectados y muertes al por mayor, gente sin trabajo, inseguridad y presencia cada vez más activa del poder narco. Quienes siguieron sus declaraciones o las de su ministro de Salud, Daniel Gollán o las de su segundo, Nicolás Kreplak, vieron que en todos los casos focalizaban la culpa de los contagios en la Capital Federal, como si los vientos del COVID-19 soplaran en una sola dirección y como si los bonaerenses no viajaran a trabajar a la CABA o no utilizaran desde siempre los hospitales de la Ciudad. Luego, los motores se fueron calentando hasta que el propio Presidente dio la orden de largada, a fines de agosto: “siempre soñé con el momento en que la ciudad de Buenos Aires le devuelva al resto del país todo lo que éste le dio. Nací y crecí en una ciudad opulenta, que tiene el ingreso per cápita de las capitales más importantes de Europa, que se ha desarrollado a merced del esfuerzo de toda la Argentina. Es una ciudad que nos llena de culpa, de verla tan desigual y tan injusta con el resto del país”, dijo al tiempo que se autotituló como “el más federal de los porteños”.

La justificación del manotazo a los fondos de la CABA para dárselos a la PBA viene por el lado de las evidentes desigualdades que se dan a uno y a otro lado de la General Paz y el Riachuelo.

“El de la Capital es un modelo que construye un fantástico túnel para que a los vecinos de Puerto Madero no los molesten los camiones (sic) mientras se inunda media provincia de Buenos Aires cada vez que llueve", había dicho Cristina. Del otro lado, hay quienes señalan que lo que se está haciendo “es igualar para abajo” y desde su crítica machacan que “no se puede hacer populismo sin plata” y que es la vicepresidenta quien está cuidando el único territorio que le da envergadura política.

No es la primera vez que la Provincia está en el ojo de la tormenta, ya sea porque necesita este tipo de salvavidas (Fondo del Conurbano Bonaerense de $ 650 millones de pesos/dólar sacado del impuesto a las Ganancias en 1992) o bien porque sus gobernadores tuvieron problemas con el poder central y se usaban los fondos de la coparticipación como extorsión correctiva. Los casos de Daniel Scioli o de Felipe Solá vienen a la memoria rápidamente como paradigmas del centralismo, ya que esos gobernadores dependían lisa y llanamente de los designios de la Casa Rosada y en el caso del actual embajador en Brasil, resultaba bastante denigrante el modo en que se lo trataba para asignarle fondos.

Con toda la mesa servida, restaba solamente buscar el momento o la oportunidad para darle el zarpazo a la CABA y ésta llegó con el revuelo policial. En el medio ya habían explotado lo que algunos consideraron como más fuegos artificiales, como la foto que publicó Luis D’Elía de un policía subido a una antena al que identificó como “macrista” mientras las redes sociales mostraban su cercanía con Sergio Berni y Verónica Magario. También estuvo en medio del recuento de casualidades todo el proceso de toma de tierras bonaerenses, al que se le dio muchísima difusión no sólo por los delitos que se esconden detrás de escena, sino porque no había policías para controlarlos, como tampoco los hubo para frenar a los vecinos de Lázaro Báez, una oportuna excarcelación que entretuvo un par de días.

Un intendente del Conurbano de Juntos por el Cambio interpretó como una “puesta en escena de victimización” la bomba Molotov arrojada contra el paredón de Olivos por una persona al que el Cuerpo Médico Forense se preocupó en declarar rápidamente “inimputable” porque había tenido antecedentes siquiátricos. Explicó que tal situación se había generado “justo durante la mañana” del llamado que hizo Presidencia “para que acompañemos un anuncio”, ya que la Quinta de Olivos “está rodeada por patrulleros, se nos dijo”. Entre tanto, frente a la TV, los amotinados se negaban a entrar para dialogar y de modo bastante histriónico retaban al Presidente a discutir en la calle. Al jefe comunal todo esto le pareció “un show” que para él se explicó “cuando el Presidente hizo el anuncio”, mientras que admitió que, ante la evidencia del engaño, él se quedó “mudo y sin saber qué hacer”.

Históricamente, la CABA es el distrito que más recauda y el que menos recibe, tal como establecen las leyes que ahora han sido alteradas por el apuro del poder central, lo que pone el sistema federal una vez más sobre la lupa. El titular de IDESA, Jorge Colina, cree que “lo que los argentinos tenemos que replantearnos es si tenemos que tener Coparticipación o no. Para que haya un cambio de fondo cada provincia debería recaudar para sí”, plantea. Colina es partidario de cambiar el esquema: “que cada gobernador se preocupe por darle mayor actividad a su propia geografía, para que así pueda recaudar más, al menos el IVA”, añade. Por último, explica que “la Nación recauda 95 de los impuestos y después lo reparte, como si fuese una regadera, entre todas las provincias y ése es el peor de los incentivos, ya que cuando un gobernador decide hacer una inversión no tiene fondos y depende de la Casa Rosada”.

Desde lo político, el abogado constitucionalista Félix V. Lonigro interpreta que la Argentina “no tiene absolutamente nada de federal”, sostiene que “la Coparticipación es un parche para un país macrocefálico” y la define como “la extensión de la tarjeta de crédito del papá gobierno nacional”. Él cree que “es esto lo que hay que modificar con políticas de distribución poblacional que nadie encara nunca, ya que para que haya federalismo real es necesario que haya un país parejo, pero no sólo desde el desarrollo económico, sino desde la distribución de la población. La Argentina tiene 50 por ciento de la población concentrada en dos unidades federativas”, afirma. Al respecto, añade que para que haya desarrollo “es necesario que haya gente y en el interior la gente debe vivir del sector público porque no se genera trabajo y por lo tanto, no hay a quien cobrarle impuestos”, explica.

Mientras una parte de la ciudadanía está harta porque sigue metida en su casa, otra está asustada por el futuro que imagina para el país y otro grupo se ha entregado a los designios oficiales, ya sea por necesidad, ideología o conveniencias de diversa índole, lo que ha quedado bien claro durante la última semana es que políticamente Cristina es quien le marca el paso al Gobierno y, por lo tanto, se ha convertido en la gran responsable de toda la situación que ha consentido el Presidente. Pero como sólo ella habla en el Senado, en el que principalmente se dedica a hacer una Justicia a medida o a través de Twitter cuando el tema le atañe personalmente, es a su “sombra” entonces a quien habría que pedirle, como Sarmiento a Facundo, que finalmente sea quien revele el secreto de “las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo”. Tiene mucho que decir al respecto.

Hugo E. Grimaldi

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