Opinión

Hasta el momento se han substanciado, a lo largo y ancho del país, diez elecciones en donde estaban en juego otras tantas gobernaciones. En sólo dos provincias -Neuquén y San Luis- perdieron los oficialismos. Con base en esta evidencia hay quienes han cedido a la tentación de extrapolar los datos y tenerlos por válidos a la hora de hacer un pronóstico respecto de los comicios nacionales que se nos vienen encima. Pero, por relampagueantes que sean los números del interior, no hay razón que justifique su proyección fuera de los límites de cada uno de esos diez estados.

En la última semana se fueron definiendo varias situaciones dilemáticas en el escenario político-electoral. Empezando por el oficialismo, se confirmó el cambio de razón social, sin duda motivado por la cuestionada performance del gobierno que se consagró en 2019 con el sello Frente de Todos. Esa marca fue retirada sin demasiadas ceremonias de la marquesina, y en su lugar se enarboló Unión por la Patria –iniciales: UP, quizás una evocación de la alianza que medio siglo atrás encumbró en Chile a Salvador Allende- y el diseño de un símbolo que acaso pretendió recordar a la estrella federal, emblema del nacionalismo, pero se aproximó más a la marquilla de algún comestible, tal vez una golosina.

Emerenciano Senna es un piquetero comunista chaqueño que, con el aval del feudalismo provincial encabezado por Jorge Capitanich, manejó vastos recursos públicos al estilo de Milagro Sala en Jujuy, recursos que incluso le permitieron izar la bandera cubana en un colegio de la provincia, usar la imagen del Che Guevara como escudo de ese establecimiento  y adoctrinar en ese caldo de rencor la mente de chicos inocentes (que usan guardapolvos rojos) que fueron formateados quizás para siempre en el resentimiento, el odio y la envidia.

Lo que más choca de la cultura peronista es que vea en la nación un medio para llegar al poder con el fin de construir un estado “nacional y popular” poblado por intérpretes de una doctrina autoritaria y excluyente.

Iglesia: mientras su predicación suene partidista, su autoridad moral será mermada; mientras consideren al peronismo más legítimo que los demás partidos, habrá grieta y más grieta

La Argentina -o una parte importante de su actual gobierno, al menos- está jugando una vez más con fuego frente a una contienda internacional cada vez más visible.

Basta de realidades, queremos promesas, podría volver a decirse ahora en plena sequía, no la sequía agraria sino la otra, todavía peor, la de ilusiones, certidumbres y líderes preclaros.

Políticos y votantes leen ansiosamente encuestas de intención de voto, que ven como un oráculo sobre lo que sucederá en octubre, pero la respuesta a sus dudas está en otro lado. Más precisamente en una medición de la Universidad Católica Argentina difundida días atrás que arrojó que más del 51% de la población recibe algún tipo de ayuda económica estatal. Se trata de una cifra récord (sólo superada durante la cuarentena) que asciende al 58% en el conurbano, bastión electoral del kirchnerismo. En las últimas dos décadas, período de auge de ese sector político, los asistidos por el Estado pasaron de 1,6 a 14,2 millones de personas.

El 2 de abril ha quedado instalado en nuestro calendario de efemérides y feriados. Deberíamos revisarlo, por muchas razones. Si queremos conmemorar algo constructivo relativo a Malvinas en nuestro calendario, el día adecuado es el 14 de junio de 1982, el día de la rendición.

Los resultados de las elecciones provinciales que se jugaron ayer en cinco provincias (San Luis, Mendoza, Corrientes, Tucumán y Córdoba) mostraron dos tendencias muy marcadas: el franco declive del kirchnerismo en todo el país y la incapacidad de LLA para lograr reproducir a nivel del interior lo que Javier Milei genera a nivel nacional. 

Top