Opinión

Dos años después del último enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, un nuevo combate pone en riesgo el siempre delicado equilibrio en el Cáucaso. Por qué es clave el rol de Moscú. El estancamiento ruso en Ucrania como factor decisivo

“Muchas verdades no son difíciles en sí, y sin embargo a nadie ocurren sino a los hombres de talento. Cuando ellos las presentan o las hacen advertir, todo el mundo las ve tan claras, tan sencillas, tan obvias, que parece extraño no se las haya visto antes”
- Jaime Balmes

La gira de Massa por EEUU está culminando como se inició: con promesas.

Los organismos que la Argentina kirchnerista siempre defenestró fueron los que otra vez estuvieron de su lado cuando las papas quemaron.

Consabido profanador de causas nobles, al kirchnerismo le había quedado pendiente la fraternidad. Para eso el sábado desembarcó en una iglesia, nada menos que la Basílica de Luján. Pero como está en fase decadente -populismo sin plata- el tiro le salió por la culata.

Machacando la consigna del “Estado presente”, el kirchnerismo parece haber convencido a propios y ajenos: ante la crisis abismal, sus seguidores reclaman una presencia estatal aún mayor. En los bordes de la oposición, en cambio, ha aparecido una cierta fantasía anárquica: acabemos con el engendro y restauremos la libertad originaria.

Ernesto Laclau, uno de los referentes ideológicos del populismo, sostiene en el libro La razón populista: “… a partir de la sumatoria de demandas sociales insatisfechas, el populismo divide a la sociedad y convierte a la mayoría en un todo aglutinante que se apropia del concepto ‘pueblo’”. El líder, que representa al pueblo, y que debe evitar la intermediación propia de los mecanismos institucionales para articular su relación con “el grupo”, promete soluciones inmediatas a problemas causados por un “enemigo” interno (el “antipueblo”) que representa intereses de un “enemigo” externo (que se ajusta a las adaptaciones del relato).

“Qué será de nosotros”, me preguntó una noche del mes de julio, después de oírnos en una espinosa tertulia radial acerca de la electrizante crisis política y económica que se había desatado. Parecía espantada y dolorida. “Solo Dios lo sabe”, le respondí con sinceridad.

Argentina es un país tan curioso que ha puesto de moda el odio. Habla del odio, escribe sobre el odio, inunda las redes sociales con el odio, lo extiende hasta el Poder Judicial, la oposición al gobierno y a los medios de comunicación. Pretende legislarlo.

“¿Es posible que tales mentes sean aptas para gobernar?”. 
- Samuel Taylor Coleridge

El atentado a la vicepresidenta Cristina Kirchner reconfiguró el escenario político. Las dudas.

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