Opinión

 

 

No hay caso. Si en medio de esta crisis pavorosa, desencadenada por efecto de la pandemia planetaria, la brecha que divide a los argentinos no hace más que ensancharse, las posibilidades de consensuar políticas de estado -cuestión de la que se habla una y otra vez- resultan remotas.

 

Que la palabra publica este completamente devaluada queda fácilmente demostrado por el hecho que todavía se le factura a Raúl Alfonsín el mítico “Felices Pascuas. La Casa está en Orden” cuando a Alberto Fernández ya ni se le escuchan sus contradicciones que dentro de poco tendrán lugar en la misma oración que enuncia. (Encima, esa frase de Alfonsín nunca existió así, la hace aparecer cínica. Comenzó su discurso con el “Felices Pascuas”, pero mucho después, lo finalizó con un “La casa está en orden y no corre sangre en la Argentina”).

 

En un reciente artículo publicado en Perfil.com, el doctor Jorge Rizzo, quien fuera varias veces presidente del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal, vuelve sobre una de sus antiguas obsesiones: la lucha contra la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires.

 

Una situación de alta tensión bien manejada no evita costos, pero los amortigua. Una situación de positiva mal manejada se pierde de maximizar sus beneficios. Una situación de complejidad superlativa mal manejada puede terminar en desastre, aunque no automáticamente. Siempre se disparan reacciones frente al espanto que aminoran las tragedias. En el medio de la locura no se ven, pero existen.

 

 

Hemos recordado especialmente al magistral Ortega y Gasset en estos días, cuando alertaba acerca de que “una sociedad dividida en grupos discrepantes, cuya fuerza de opinión queda recíprocamente anulada, no da lugar a que se constituya un mando.

 

“Ningún temor a los dioses o a las leyes de los hombres servía de contención o freno. Pues, por un lado, veían que todos morían por igual, y entonces se consideraba que la piedad y la impiedad conducían al mismo destino. Por otra parte, nadie creía que viviría el tiempo suficiente como para tener que hacerse responsable y pagar la penalidad por su inconducta”.

 

Los dos lóbulos de la macrocefalia argentina, en disputa por el futuro de todo el territorio nacional.

 

El gobernador Kicillof es mucho más que un gobernador. Es el Virrey de la Reina, el lugarteniente de la avanzada gramsciano-marxista que tiene por misión solidificar el pobrismo analfabeto y mendicante en la provincia de Buenos Aires y, especialmente, en el conurbano.

 

 

“Los movimientos de masas pueden levantarse sin creer en un dios, pero nunca sin creer en un demonio”.

 

 

La calidad de vida de la ciudad de Buenos Ares es buena y en algunos puntos muy buena. Lo deseable políticamente sería que las ciudades del país se parezcan a Buenos Aires y no al revés, que Buenos Aires degrade en una suerte de Conurbano.

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