Opinión

 

 

Estamos viviendo en un escenario donde la pandemia y las controversias entre datos estadísticos trucados y verosímiles, comienzan a causar serios disturbios sociales, incentivados por los desatinos políticos del gobierno.

 

 

 

En una movida secreta que muy pocos conocieron, el gobierno designó, a principios de abril, un embajador extraño, en un país donde hace años la Argentina no tenía representación diplomática, que está sumido en una guerra civil y que está presidido por un dictador sanguinario.

 

El pueblo argentino ya no elige más a sus representantes, sino sólo a qué miembros de la elite cambia por otros. Se trata de una democracia cada vez más restringida.

 

 

La vía muerta de la Tercera Vía. Randazzo, Urtubey, Lavagna, Camaño, Moreno, Stolbizer, Milei, Espert, López Murphy

 

 

 

El poder político lo ejerce el peronismo. Su base territorial es el Conurbano; sus titulares reales tienen su sede en el Instituto Patria. 

 

 

Terminaba la conferencia de prensa que el presidente de la Nación dio el viernes pasado cuando lanzó una advertencia sin que nadie le preguntara sobre el punto. Advertencia que pareció apuntar no solo al jefe de Gobierno de la ciudad que había interpuesto un amparo contra la intromisión del gobierno central al suspender las clases presenciales, sino también al tribunal que debe resolver el caso: “la ciudad de Buenos Aires no puede ir a la Corte. La Corte no tiene competencia originaria para atender demandas de la ciudad de Buenos Aires, porque no es una provincia”.

 

Dicen que, durante una conversación apasionante, en una noche indeterminada de los años 30, el autor del libro más enigmático del pensamiento argentino arrojó de pronto ese original al fuego, y Borges se apresuró a rescatarlo de las llamas.

 

 

“Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”.
- Emiliano Zapata

 

La sociedad real, estupefacta, duda si entender lo que hace y dice Fernández como fruto del odio y el desprecio o como parte de la ejecución de un plan monárquico burocrático.

 

La vertiginosa intensidad de estas últimas horas ayuda a comprender por qué la Argentina está sumida en un cortoplacismo absoluto: la coyuntura devora cualquier intento de reflexionar más allá de la última insensatez del gobierno de turno. En un entorno donde todo puede pasar y en el que quienes toman decisiones públicas se empeñan en empeorar lo malo que hicieron sus predecesores, resulta suicida desviar el foco en el largo o el mediano plazo. Torcimos el legado del epicureísmo, obligados a vivir (¿sufrir?) el momento no para “relajarnos” y disfrutar sin importar las consecuencias, sino para evitar costos mayores.

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