Opinión

 

El balance social es deplorable y el balance institucional es atemorizante. Sin embargo, el país está lo que se dice tranquilo. No hay estallidos sociales, no hay piquetes, no hay asaltos a supermercados. Hay resignación y hay miedo.

 

El fenómeno no es nuevo y parece pétreo. La narcotización de la realidad argentina traerá un peor hecho en el futuro que hará olvidar el de hoy

 

El héroe de los pibes acude a una cita clandestina y descubre que se trata de una embocada. Saca su pistola y se desata un tiroteo de película; con varios proyectiles en el cuerpo, sube a un Renault y huye cubierto de sangre. Despista a sus perseguidores y deriva hacia una zona de casas bajas en Parque Patricios. Se apea mirando por encima del hombro, vigilando si la patota militar lo ha alcanzado y toca timbre en un chalet cualquiera.

 

“Lo peor de las pestes no es que matan los cuerpos, sino que desnudan a las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso”.  
- Albert Camus

 

No hay que engañarse, ésta es la última chance para oponerse al socialismo exprés y a la demagogia de tirar plata sobre la sociedad como hacían los reyes más groseros

 

La nueva estructura institucional de la Argentina está concentrando todo el poder en el Congreso cristinista mientras vacía de todo poder al Ejecutivo y a la Justicia.

 

El presidente uruguayo no fue descomedido respecto de su par argentino ni tampoco de nuestro país. Si Alberto Fernández no estuviese siempre a la defensiva, convencido de que sus socios del Mercosur se hallan empeñados en perjudicarnos, habría medido su respuesta. Pero a esta altura de su vida no va a cambiar ni su temperamento ni su personalidad.

 

Como se sabía, o sea, sin ninguna sorpresa, la segunda ola de la epidemia de COVID 19 está llegando y golpeando a la Argentina. Pero a pesar de que estábamos muy advertidos -especialmente por la información proveniente del invierno en el hemisferio norte, el Gobierno Nacional exhibe el mismo nivel de confusión, improvisación y arbitrariedad que el que demostró el año pasado. Claro está, sin siquiera las magras capacidades con las que contó en los primeros meses del 2020, luego de implementada la cuarentena.

 

 

Eric Campbell era un actor inglés grandote que pasó a la posteridad como el antagonista por excelencia de Charles Chaplin en once películas. Con invariable cara de pocos amigos y modales bruscos, a Campbell le pintaban gruesas cejas y conseguía una máscara temible y amenazante. ¿Cómo no recordarlo? Era el mesero que sacudía al personaje entrañable de los bigotitos en un restaurante porque no tenía con qué pagar la cuenta, y el matón de la cuadra al que todos temían y que Carlitos vigilante, de milagro, lograba poner en caja, entre otros tantos villanos.

 

Hace un año atrás Alberto era Gardel, con altos niveles aprobación, imagen positiva y consenso. Había alumbrado algo parecido a un líder. Cristina estaba atenta desde el Senado. Horacio Rodríguez Larreta era el jefe del gobierno de la CABA, sin carisma, pero hábil gestor, obligado a ser muy prudente después de la derrota electoral de Macri en la presidencial. El ex mandatario se había retirado con el 40 % de los votos, premio superlativo para alguien con mucha imagen negativa.

 

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