Opinión

 

Participo de una tertulia política y literaria que suele acontecer todos los jueves de la eternidad en un café virtual donde al final se escuchan poemas, cartas y canciones, y donde el filósofo Santiago Kovadloff intenta oponer sus pulidos argumentos a una ola de camelos e insensateces, sarasas oficiales y agravios semánticos.

 

 

¡Qué semana! Ha sido una semana emblemática hasta para la Argentina. El gobierno ha hecho explícitas sus mentiras y sarasas. Han sido muchas, algunas de ellas tan, pero tan evidentes, que, hasta los militantes más convencidos del Frente de Todos, han comenzado a vislumbrar la verdad.

 

Si Alberto Fernández hiciera un repaso de sus nueve meses de gestión política, arribaría a la conclusión de que cada vez que decidió ser el presidente de todos los argentinos y cumplir en líneas generales con los preceptos de su discurso inaugural alrededor del estado de derecho, la racionalidad económica y el pluralismo, creció su imagen política.

 

Aunque luzca imposible, la justicia es la única que puede empezar a soldar y cicatrizar la brecha de mil tajos que separa a los argentinos.

 

Este martes tendrá lugar el primer debate entre Donald Trump y Joe Biden. Será seis décadas después del legendario contrapunto televisivo entre John F. Kennedy y Richard Nixon, un hito en la historia política contemporánea. 

 

La incorporación del instituto de la ley-convenio a la Constitución en el Art. 75 inc. 2, fue una trascendental reforma destinada a afianzar el federalismo de concertación, en uno de los capítulos más conflictivos de la historia argentina: las relaciones financieras entre Nación, Provincias, Ciudad de Buenos Aires y Municipios.

 

 

El escándalo del diputado Ameri en el Congreso confirma la decadencia de nuestra clase dirigente: está mal capacitada para ocupar los cargos que desempeña.

 

 

Puede que en Argentina hoy, el imbécil de familia rica tenga más chances que un pobre genial, pero en países desarrollados un joven intelectualmente dotado lo superaría con rapidez.

 

Es difícil encontrar un gobierno que a menos de un año de asumir se encuentre en una crisis de confianza tan profunda como la que enfrenta el Presidente Alberto Fernández. Como es de rigor, esa incertidumbre se plasma en la presión sobre la demanda de dólares, pero se manifiesta en cualquier medición de expectativas presentes y a futuro.

 

A veces uno piensa porque la Argentina ha caído tan bajo en su nivel de vida, en su índice de calidad institucional, en el ranking general de las naciones.

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