Opinión

 

Al estar en medio de la peor crisis de la historia argentina, hay algo peor que tomar una decisión equivocada: el no tomar ninguna decisión.

 

 

Desde hace un tiempo el kirchnerismo tomó como uno de sus tantos enemigos a la meritocracia. En su rápido despojo de las máscaras que lo disfrazaron con propósitos electorales como moderado, Alberto Fernández se sumó en los últimos días a esa campaña.

 

 

Cristina y sus soldados están tan resueltos a ver el lado positivo de la revolución bolivariana del esperpéntico Maduro que pasan por alto las hambrunas y la violación de DD. HH.

 

 

El gobierno que -en forma desembozada- motoriza a través del presidente de la Nación, la vicepresidente, el todoterreno Leopoldo Moreau, y la ignota diputada camporista, Vanesa Siley, una campaña de desprestigio y demonización a expensas del titular de la Corte Suprema, en particular, y de ese cuerpo, en general, al mismo tiempo convoca a la Quinta de Olivos a la flor y nata del empresariado industrial y comercial del país para hacerle creer que escucha sus opiniones y que trata de consensuar pareceres en medio de una crisis que no sabe bien cómo desactivar.

 

 

Uno de los problemas de la política argentina de este momento es que el Gobierno no cuenta con un plan claro de acción para superar este momento de crisis e incertidumbre.

 

 

Nuevamente la política exterior se muestra como una manifestación de las cuestiones de política interna. El voto argentino en la ONU de condena a la violación de los derechos humanos en Venezuela ha tenido una serie de efectos domésticos que no se sabe si han terminado aún.

 

 

El desenlace del reciente conflicto con la policía bonaerense es revelador de varias cuestiones de cultura política que es necesario dilucidar.

 

 

El Gobierno buscó “compensar” los desvaríos expresados por su embajador en la OEA. ¿Cómo se puede ganar confianza cambiando de postura semana a semana en cuestiones esenciales como las violaciones a los derechos humanos de la dictadura de Nicolás Maduro?

 

 

Son tiempos signados por el desconcierto y la incertidumbre sobre la pospandemia, una segunda ola de contagios y la confianza en el Gobierno

 

 

Algunos apuntes de los discursos del “Che” Guevara cuando fue Presidente del Banco Central de Cuba en los albores de la revolución caribeña, permiten encontrar curiosas similitudes con algunas “sarazas” del Ministro de Economía de los Fernández, Ricardo Guzmán, cuando asegura que el gobierno que lo ha convocado no apunta a bajar el gasto público (ineficiente y corrupto) desde ningún punto de vista, implicando que sostendrá a rajatabla la vida de un paquidermo que nos está triturando los huesos desde hace años.

 

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