Política

En coincidencia con la irrupción del coronavirus en la Argentina, Alberto Fernández protagonizó en un mes una de las mayores escaladas en términos de imagen positiva en la opinión pública que se recuerden.

 

El Congreso tiene actividad limitada y no sesiona desde hace un mes. La Justicia sigue con una feria extraordinaria. Alberto F. consulta a la oposición, pero monopoliza la toma de decisiones

 

Aunque sí con policías. Pero si el miedo disciplina, el terror espanta. Es a lo que le temen los políticos oficialistas. Por eso, ganar tiempo sigue siendo la gran política vigente. Y excluyente.

 

El presidente había amagado con reducir el encierro forzoso, pero dio marcha atrás por temor al vuelco masivo de gente a las calles. Las encuestas registran alta aprobación al confinamiento.

 

Para arrancar, una de las frases más repetidas por funcionarios y voceros habituales del gobierno durante la semana, mientras el presidente Fernández y sus equipos decidían los pasos a seguir con la ya larga cuarentena, se convertía en latiguillo: “Bajen la ansiedad, porque esto va para muy largo”, era la respuesta ante quienes buscaban precisiones.

 

Cristina Kirchner cerró el Senado. Sergio Massa no llegó a tanto en Diputados, pero evita cualquier mecanismo de participación de los bloques opositores.

 

El mismo problema también desdibuja la capacidad de respuesta frente a la pandemia. En la Argentina, nunca hubo un esfuerzo consistente por construir un aparato moderno.

 

Como con los pollos de Mazzorín, se recordará amargamente la compra de esta semana.

 

Es una vieja ley. Las crisis y el tiempo acentúan los rasgos esenciales de las personas y de los países. Lo bueno y lo malo, la indiferencia y el arrojo, la generosidad y lo miserable se hacen visibles y tangibles, sin la grisácea pátina de la normalidad y la inercia.

 

Desde que el rasero del coronavirus empujó a un segundo plano la preocupación por la deuda externa y el riesgo país -dos marcas distintivas de Argentina, la lucha contra la pandemia pasó a monopolizar la atención pública y se transformó en el eje reorganizador de la situación política.

 

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