Opinión

El video con el que Alberto Fernández confirmó su desistimiento a intentar su reelección presidencial fue el punto final para una ficción. Su decisión era esperable y solo podía haber dudas sobre el momento en que la iba a hacer pública. Constituyó el corolario de una fracasada gestión que lo mostró como un presidente débil e ineficiente casi desde el inicio de su mandato y la fiel demostración de que ha llegado al tramo final de su gobierno denostado por propios y extraños.

¡Pobre Argentina! Sufre una inflación interanual del 104%. Y subiendo. Sólo en febrero el 6,6%, en marzo el 7,7% y casi un 10% en alimentos. Que es el único ítem del que no se puede prescindir. Resultado, 40% de pobres.

“Hay dos clases de hombres: los que viven hablando     
de las virtudes y los que se limitan a tenerlas”.
 
- Antonio Machado

La decisión de Alberto Fernández de no buscar la reelección es poco trascendente en la coyuntura.

Desde hace un tiempo vengo insistiendo acerca del crepúsculo en el que ahora se interna la democracia de partidos (obviamente no soy el único). En 1983, cuando despuntó este régimen valioso que tuvo la virtud de durar más allá de crisis y sobresaltos, la democracia de partidos parecía gozar de buena salud. De hecho fue así a lo largo de dos décadas.

El futuro del oficialismo podría cifrarse, sin falta a la verdad ni pecar de exagerados, en esta breve y categórica sentencia: a los comicios es posible llegar, la elección es seguro que la pierde. ¿Por qué? -En razón de que, con el respaldo irrestricto del Fondo Monetario Internacional -el cual obra a la manera de un prestamista y garante de última instancia- el equipo liderado por Sergio Massa podría evitar una devaluación.

El viejo y resiliente sistema político, protagonista y responsable de la larga y angustiante decadencia argentina, entró en modo electoral por imperio del calendario y hace lo que siempre hizo y se supone que debe hacer: destilar candidaturas para una nueva elección presidencial frente a la cual una importante parte de la sociedad sostiene la esperanza de que las cosas, casi mágicamente, puedan mejorar. A pesar de la bronca, el hartazgo, el cansancio y la desilusión que predominan en la opinión pública y de que no se registre entusiasmo con la oferta existente, el “ancla política” (el desarrollo del proceso electoral) constituye un eje fundamental en la formación de las expectativas.

A muchos políticos les encantan las internas partidarias, lo que puede entenderse por ser la suya una actividad que atrae a personas de mentalidad competitiva, pero sucede que, para casi todos los demás, se trata de reyertas pueblerinas. Con frecuencia, los hartos de tales conflictos acusan a los participantes de anteponer sus propias ambiciones a la búsqueda de soluciones concretas para los problemas gravísimos de la gente y se preguntan: ¿por qué no pueden cerrar filas, alcanzar acuerdos y trabajar en conjunto?

El último domingo una porción del pueblo argentino votó y eligió sus próximos gobernantes. Las provincias de Neuquén y Río Negro decidieron quiénes serán sus próximos gobernadores y renovaron parcialmente sus legislaturas.

Repasando a algunos autores clásicos del pensamiento occidental -entre otros Ortega y Gasset, confeso liberal-, encontramos una frase del ilustre madrileño que le cabe como anillo al dedo a Javier Milei, la nueva “vedette” del escenario político nacional.

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