Opinión

El Gobierno no sólo necesita de la aprobación de la reforma laboral o el nuevo régimen penal juvenil: también necesita de su impacto real, mientras la exigencia de la ciudadanía va in crescendo.

Con victorias legislativas y concesiones a gobernadores y gremios, el oficialismo exhibió músculo político.

Por primera vez desde el regreso de la democracia, un gobierno no justicialista tiene un contexto internacional favorable.

Entre errores y aciertos, el Presidente está caminando sobre la transición entre el viejo y el nuevo orden.

La dichosa ley laboral fue aprobada en Diputados y ahora la pelota está en los pies de los senadores quienes seguramente -y liberados del estigma social del artículo 44- disponen de todas las condiciones a favor para aprobar la ley y presentarla como un modelo virtuoso de modernización en el marco de una economía libre de mercado que lograría el milagro de que la prosperidad de los trabajadores dependa, en primer lugar, de que los ricos sean más ricos.  

“No siempre la patria está lejos del bolsillo”.

                                           Arturo Pérez- Reverte

El Gobierno continúa, con un esfuerzo digno de mejor causa, pegándose tiros en los pies. Cuando tenía en las manos un triunfo político, acotado por la necesidad de negociar para obtenerlo (con claudicaciones ante los sindicatos, los bancos y los gobernadores), con la aprobación en el Senado de la ley de reforma del régimen laboral, alguien – todos juegan al “gran bonete” – introdujo en el texto, entre gallos y medianoche, un artículo irracional que limitaba el salario en los casos de enfermedad

En esta vendimia se estima que parte de la uva no se cosechará y se observa ya el abandono de muchas hectáreas de viñas. Lo que hasta ahora no se observa es una política de diversificación y financiamiento a ese proceso.

Durante años, el deterioro educativo argentino se explicó casi exclusivamente en términos económicos: falta de presupuesto, salarios docentes rezagados, crisis recurrentes.

La reciente sanción del proyecto de Modernización Laboral por parte de la cámara alta del Congreso de la Nación admite —cuando menos— dos lecturas diferentes. Por un lado, cabe hacer una interpretación más o menos pormenorizada de lo que ha significado y de los alcances que pueda tener.

Existe una cierta omnipotencia en quienes, amparados por una supuesta “autoridad” intelectual, derraman frases simplistas para describir cuestiones que deberían sufrir análisis de mayor hondura y severidad.

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