Política

El intervencionismo, el dirigismo extremo y la improvisación ante problemas recurrentes podrían llevar el país hacia la banquina.

La interna del dúo gubernamental ayuda a pensar en la fuga. El exilio se extiende.

Es probable que no haya que buscar en experiencias ajenas para entender por qué a Alberto Fernández no le gustan (y no tiene) planes económicos. Quizá para terminar de entenderlo haya que quitarle el adjetivo a la autodefinición del Presidente.

 

La vieja obsesión argentina de querer saber cómo nos mira el mundo siempre tuvo como contracara la permanente búsqueda de modelos a seguir.

La negación frívola del mérito es un crimen de lesa demagogia contra los pobres. Si quiere privilegiar a provincias del norte, entonces no debe tocar la coparticipación. Y así.

Al erigir a Larreta como el líder de los opulentos, el Presidente acude a una simplificación de riesgo. ¿Puede darse el lujo de prescindir de los sectores medios?

 

Alberto Fernández se ufana, desde que acordó con los acreedores externos, de estar sacando al país del laberinto. Sin embargo, con los controles económicos que se anunciaron anteanoche, está demostrando que sigue internándose en un atolladero.

El Senado ya avanza con los nombramientos de simpatizantes K que tienen la edad del hijo de la vicepresidenta.

El endurecimiento de los controles expone preocupación y transmite más inquietud. No resuelve la falta de confianza, que no se limita a los mercados. Y refleja desatención al doble concepto de sostenibilidad: se necesitan plan económico y sustento político amplio

“La noción de barón también se utiliza en el terreno de la política para nombrar a quien posee un gran poder en una región o en una entidad. Estos barones pueden influir en el funcionamiento o en la organización de las estructuras que dominan”.

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