Opinión

El líder libertario se aferra a su ídolo norteamericano. Cómo logró exportar la idea de la motosierra. Elon Musk, la tercera pata.

La presentación del presidente Javier Milei en el Congreso, el sábado 1° de marzo fue, si se quiere, más anómala que la de un año atrás, cuando inauguró las sesiones de espaldas al recinto legislativo: esta vez el Presidente tuvo que hablar para menos de la mitad de los legisladores, porque la mayoría de ellos decidieron ausentarse; estuvo rodeado por los propios -pocos en las bancas, numerosos en palcos y galerías- y por algunos representantes de otros partidos, entre aliados y dialoguistas. El discurso fue menos agresivo de lo que Milei acostumbra y tuvo pocas novedades.

Es raro. O, conociendo los personajes, tal vez sea raro pero previsible. Zelensky pide disculpas a Trump por la emboscada a la que fue sometido en el Salón Oval de la Casa Blanca. ¿Disculpas de qué? De haber ofendido a EEUU. 

La sola medida no da respuesta al problema. Es necesario que se apunte a la reinserción social, con un sólido marco de garantías procesales y respetando los derechos esenciales de los acusados.

Si en este análisis semanal no hiciéramos mención a lo que ocurrió el sábado pasado entre Santiago Caputo y Facundo Manes en el Congreso de la Nación, omitiríamos un detalle significativo de la deriva de la política argentina. Está fuera de duda que, al final del día, el incidente protagonizado por ambos resultó de lejos el más comentado y polémico de la noche.

Madre e hijo, se ve, tienen el mismo corazón democrático, federal, republicano e institucionalista. Por eso a la idea balbuceada por Milei de una intervención de la provincia de Buenos Aires la calificaron de “golpe institucional”. Eso sería, completaron en su lengua, un atropello a “los y las bonaerenses”.

El incidente con Manes desnudó que el protagonismo “sacado” de Caputo puede causarle daño a la gestión de Javier Milei que dice defender. Y a su propio desempeño como “estratega”.

Hay que salirse de las reglas de lo políticamente aceptable. Los productos políticos pueden ser muy variados y distintos a cualquier otra cosa preexistente. Disrupción mata a tradición.

Robert De Niro recibe por televisión las filípicas que le lanza una poderosa empresaria tecnológica y escucha con atención un aforismo que ella desliza al paso: “El gran Benjamin Franklin decía que quienes renuncian a la libertad esencial para comprar seguridad temporal no merecerían ni la libertad ni la seguridad”. Luego De Niro, que encarna a un expresidente a cargo de una emergencia nacional y que para algunos es una especie de “viejo meado”, recuerda que la Justicia estaba investigando a esa empresaria tecno por 19 violaciones a la ley Sherman de antimonopolio. Ella, ya en persona y lo más fresca, acusa el comentario y a su vez le advierte: “Cada potencial autocracia comienza intentando someter al sector privado”. De Niro asiente, pensativo: “Las tecnológicas no quieren la intervención del gobierno”, y de inmediato se rehace: “Por cierto, señora, equivocó el otro día la cita. En realidad, Franklin dijo que no debíamos sacrificar la libertad civil. No se refería a la libertad personal”. ¿Y cuál es la diferencia?, le pregunta la empresaria tecno, confusa y desafiante. La respuesta del veterano resulta simple pero antológica: “La libertad personal le permite a gente como usted hacer lo que quiera. La libertad civil es la que nos protege al resto de los ciudadanos de las personas como usted”.

“¿Por qué, oh dioses, todo, todo es eterno y sólo la felicidad no?”.
- Johann Wolfgang von Goethe.

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