Opinión

¿Qué podía faltarle a Alberto Fernandez, no? Durante años fuimos testigos de su inoperancia y de su falta de palabra; de su palabrerío  inútil y de su insoportable soberbia. Pero, más allá de que había dado muestras de ser violento, nadie sospechaba que detrás de ese personaje oscuro y segundón se escondía un golpeador… Un golpeador de su propia mujer.

Lo que termina de catapultar al ex presidente al podio de la hipocresía, un sello distintivo en su larga historia política, es la filtración de que habría maltratado hasta físicamente a su ex pareja y madre de su hijo menor, Fabiola Yañez.

Alberto Fernández, el títere que a todo decía que sí y al que todos despreciaban, resultó ser un lobo con piel de cordero. O mejor dicho, con algunas mujeres un cordero y con otras un lobo. Un tipejo insignificante cuya sumisión absoluta a quiénes tenían más poder que él, ofrecía como contracara el abuso impiadoso a quiénes tenían menos poder que él.

Como en la moraleja del cuento “El traje nuevo del emperador”, de Hans Christian Andersen, el dictador Nicolás Maduro está más desnudo que nunca, aunque Cristina Kirchner se niegue a soltarle la mano. Todo el mundo sabe ya que el régimen chavista ha sufrido en las urnas una derrota sin atenuantes que ni sus presuntos aliados en la región pueden desconocer.

“Preguntaron al Faraón qué lo había convertido en un tirano, y él respondió: nadie me detuvo”. 
- Proverbio árabe

Da la impresión de que el Pro está sometido a opciones muy difíciles. Si se acerca demasiado a La Libertad Avanza corre el riesgo de quedarse sin dirigentes; si se aleja demasiado, corre el riesgo de quedarse sin votos. Hay diferencias entre el Pro y La Libertad Avanza, pero son muy sutiles, a veces invisibles. Es verdad que los modales de Mauricio son más civilizados que los de Javier, pero no sé si al electorado esos modales del anarcolibertario le fastidian mucho.

Cristina Fernández de Kirchner debería meditar acerca de sus responsabilidades parciales en la gestación de este monstruo político que es la Venezuela chavista, sobre todo en su versión madurista, la cual hasta el momento ella siempre apoyó.

Piden "que muestre las actas" mientras a la vista, en vivo y en directo, tienen los fusilamientos, las detenciones ilegales, la desaparición de personas que se oponen al chavismo y las amenazas a los que piensen diferente. La dirigencia política argentina e internacional ofrecen solo excusas y no solo porque aprecien al régimen de Maduro, sino probablemente porque algo le deben.

Desde que los representantes más proclives a una conciliación con la monarquía se sentaron a la derecha cuando los Estados Generales convocados por Luis XVI dejaron su característica estamental y se convirtieron en una Asamblea Nacional, quedo caracterizado la derecha como la corriente menos propensa a los cambios y reformas y la izquierda como una línea más radicalizada en la promoción de reformas sociales.

Sucedió lo que estaba cantado desde antiguo. Las elecciones venezolanas se iban a substanciar porque el régimen chavista -aun con toda la fuerza que es capaz de ejercer- no se hallaba en condiciones de suspenderlas. Era claro que el espacio opositor se impondría al oficialismo por un margen bien amplio y eso lo sabía todo el mundo. Razón de más -en atención a la diferencia de fuerzas que acreditaban las dos banderías en pugna- para anticipar lo que pasaría. Nicolás Maduro y la nomenklatura del régimen no podían aceptar de manera pasiva que el poder se les escurriese de las manos y, de buenas a primeras, se encontrasen el domingo a la noche, terminados de contar los votos, en un avión con rumbo a Cuba o a Rusia.

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