Opinión

Cualquiera sea la decisión de la ciudadanía expresada en el voto popular, este domingo podríamos comenzar a transitar una etapa sin precedente en la convulsionada historia política argentina. Lo que hasta hace poco parecían escenarios impensables o inviables en menos de 72 horas formarán parte de una intrigante realidad. Habrá de acotarse, al menos en el margen, el enorme marco de incertidumbre que viene caracterizando a este singular proceso electoral: sabremos quién será el nuevo presidente, si no surgen cuestionamientos a la transparencia y legitimidad de los comicios. Pero aun cuando eso no ocurra (crucemos los dedos para que así sea), quedarán serias dudas sobre el futuro político, económico y social de esta Argentina fragmentada que está a punto de cumplir cuatro décadas de continuidad institucional.

Escucho por la radio que se han organizado apuestas para las elecciones del domingo. Frivolidad, consumismo, vicio o como más les guste, pero en cualquiera de los casos lo cierto es que esto ocurre porque el escrutinio se presenta reñido, un "cabeza a cabeza", dirían los burreros. En todos los casos, el que gane lo hará por poca diferencia. En condiciones normales ese equilibrio exigiría o habilitaría un acuerdo de gobernabilidad, una expectativa que tal como se presentan los hechos, resulta imposible.

Nuestra sociedad vive inundada por descripciones de lo que nos ocurre según la visión de quienes no se detienen a analizar mayormente las razones profundas que nos han traído hasta donde estamos. Todo suele ser, para ellos, “aquí y ahora”.

De los bolsos de López al impúdico yate de Insaurralde, de la muerte del fiscal Nisman al espionaje ilegal de Ariel Zanchetta, el populismo se convirtió en un inconmensurable pozo ciego

“Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios”
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Definición de Leviatán

Por sí o por no, ¿nos sentimos más esclarecidos después del debate del domingo, una instancia que los estrategas consideran crucial antes del balotaje? ¿O solo quedamos más confundidos? La pregunta no es para aquellos que forman parte de los núcleos duros de la grieta, ni para los muy informados, sino para aquel electorado estratégico, volátil, cuyo voto cambia según el contexto. Aquel votante autónomo que, en última instancia, define el resultado de la elección.

Las naciones, árabes y no árabes, como Rusia y China, deben presionar a Hamas y a Irán para que hagan lo que corresponde

El sistema institucional argentino, plasmado en nuestra Constitución Nacional, conlleva un régimen electoral de dos instancias reservado al Poder Ejecutivo Nacional, que en este contexto histórico nos exige un esfuerzo para cambiar el rumbo de nuestra nación.

Si estuviéramos frente a un fraude ostensible y sistemático sería racional que no convalidáramos la estafa con nuestro voto decorativo, pero no lo hay. ¿Cómo se ha de construir la representación si los que deben ser representados abandonan la vida pública? Votar en blanco es ceder la decisión a los otros, es desentenderse del país con tal de dejar tranquila la propia conciencia. Una cobardía simbólica: “Yo, argentino”.

El oficialismo sabe que el proceso está destinado al fracaso, porque no va a conseguir las mayorías calificadas que se requieren en ambas cámaras del Congreso. Pero montó un espectáculo penoso mediante el que pretende presionar a la Corte Suprema

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