Opinión

“Para el derecho no hay derecho más importante que la expresión crítica. Necesitamos seguir escuchando a quienes se quejan”, señaló horas atrás Roberto Gargarella, prestigioso jurista constitucionalista y docente.

Una semana atrás, en este espacio destacábamos: “Por el momento Milei es inmune a las críticas”. Una semana después ya no se puede afirmar categóricamente lo mismo. El último domingo, Javier Milei se levantó temprano –como suele hacerlo- y acudió presuroso al estadio de Boca Juniors para votar por la lista que Mauricio Macri integraba como candidato a vicepresidente. Llegó cubierto con una capucha que lo protegía de la lluvia y la curiosidad, pese a lo cual fue identificado por gran cantidad de hinchas boquenses que lo abuchearon y repudiaron a los gritos. Seguramente se trataba de seguidores de Juan Ramón Riquelme (que terminaría imponiéndose rotundamente a la lista de Macri en un comicio muy controversial).

Para muchos demagogos la fe proviene de su encarnación en una supuesta fuerza “superior”, que valida la imposición de reglas políticas selectivas para toda la sociedad y su misticismo “a ultranza” somete a la misma, que termina sufriendo un vasallaje ignominioso que destruye cualquier proyecto de vida comunitaria razonable.

Normalmente se utiliza el atajo metafórico de “batalla cultural” para resumir en una frase corta y directa una lucha entre dos formas de ver, entender y vivir la vida. Esas formas son, en general, tan diferentes y contradictorias que no pueden conciliarse, no pueden convivir: o es una o es la otra. Una visión centra su atención en el individuo. La otra en el Estado. Una, como dijo Tocqueville al cierre del tomo 1 de su Democracia en América, busca sus metas apoyándose en la reja del labrador; la otra en la espada del soldado.

Nunca hubo tanto ruido a motosierra como el de estas horas. Al revés de lo que se esperaba, el ruido no viene de una motosierra empuñada por el rugiente Milei sino de las auténticas, manipuladas por fornidos operarios municipales, quienes remueven árboles caídos y liberan calles cortadas tras la devastadora tormenta del domingo. Para liberar calles, está visto, las motosierras son eficaces, no necesitan protocolo alguno. El lío viene con las prestaciones metafóricas.

El hecho de que cada gobernador, con los intendentes de sus municipios, ahora tengan que ser artífices de su propio destino -asumiendo que con el presidente Milei no recibirán más "ayuditas" nacionales- supone que está la oportunidad de crear un federalismo en serio.

Con el discurso del presidente Javier Milei, comenzó una nueva etapa, con un nuevo gobierno que al menos intentará no cometer errores de gestiones anteriores.

Aquel caballero atildado y reo, de moño elegante y prosa lírica, era redactor de la vieja revista Gente y participaba de la tertulia regada con whisky que se desplegaba cada noche en el café de México y Paseo Colón. Se llamaba Horacio Ferrer y era admirador de Mario Mactas, y de un grupo de periodistas cultos y audaces que pernoctaban en la “alegre demencia de aquella redacción” (sic). Una tarde de 1969 salió a pasear por el centro, transido de tristeza existencial, y se le ocurrió una repetición sonora: “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao”. Rápidamente, se la hizo conocer a su amigo Astor Piazzola, y fue así que comenzó la escritura y composición de “Balada para un loco”, que revolucionó el tango y recibió duras críticas de sectores de izquierda: sostenían que se trataba de una canción “oligarca”, porque transcurría en Callao y en Arenales.

Sin concesiones. Javier Milei estima que la izquierda, asimilada a socialismo y comunismo, es el principal adversario y en más de un caso, el enemigo. Según el flamante presidente, es perversamente peligrosa.

El primer cambio es el de opinión. Lo que se decía en la campaña no se hace en el Gobierno. Pragmatismo, que le dicen.

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