Opinión

La reconversión económica y social para reducir la pobreza sobre las bases de principios y valores que presiden nuestra vida ciudadana es el mayor desafío de esta hora.

El Presidente tiene que llenar de política la brecha entre sus números y los números del Poder Legislativo. Según la magnitud de la brecha, podrá conducir en mayor medida que persuadir y negociar. O podrá, por el contrario, inclinarse por el unilateralismo desestimando la persuasión.

Pretende Milei, y para eso fue votado, encarar un cambio de modelo más bien drástico, que libere a las fuerzas productivas del país.

En diciembre de año 2015, a poco de asumir la presidencia, Mauricio Macri salió al balcón de la Casa Rosada y -bastón en mano- intentó bailar al ritmo de una canción pegadiza de Gilda, como si estuviese en el mejor de los mundos. Cediendo a los desatinados consejos de sus dos eminencias grises -Jaime Durán Barba y Marcos Peña-, decidió no hablar de la desastrosa herencia recibida. En su discurso inaugural, tampoco anunció un programa de shock o cosa siquiera parecida. Así le fue.

El miércoles de la semana que viene, cuando escriba mi habitual nota, ya no habrá en la Argentina un gobierno peronista. Este dato, atendiendo los resultados de las urnas, es en sí mismo una buena noticia o, para decirlo en términos más políticos, es lo que el pueblo deseaba: que se vaya el peronismo sin importar demasiado quién viene en su lugar. Fue la consigna que catorce millones de personas reclamaron, una mayoría que incluye admitir que venga el que venga siempre será mejor que esta calamidad política que nos gobernó durante cuatro años o que, para ser históricamente rigurosos, dieciocho años.

Los últimos días de la vicepresidente derrotada en la justicia y en las urnas, exhiben a una Cristina Fernández que pone de manifiesto su falta de tino para distinguir la diferencia que existe entre una actriz de telenovelas cursi y alguien que pretende erigirse en la “magister dixit” del movimiento que encabezó con su marido por más de dos décadas.

Recuerdo que cuando íbamos al colegio escuchábamos historias de grandeza y renunciamientos cuando de contar el nacimiento de la Argentina se trataba. Al lado de ellas también había historias de pequeñeces, de falta de visión, de caprichos y de obcecaciones. No en vano desde el grito de Mayo de 1810, el país estuvo 43 años detenido en el tiempo, preso de pasiones bajas y personalismos idiotas.

Las reales intenciones de Milei estarán en el paquete de leyes que enviará al Congreso.

El nuevo gobierno empezará con su ajuste para que no lo haga el mercado. Los peligros latentes y la resistencia del peronismo. El modelo que viene.

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