Opinión

 

Se cumplen 30 años de su lanzamiento, pero Argentina llega a esta instancia con una economía reprimarizada, ya que no ha sido posible encarar una continuidad de políticas económicas orientadas a remover estructuras de producción con bajo valor agregado, escasa expansión industrial, pobre productividad y débil generación de empleo

 

 

Indignación, hubo.
Bronca, hubo.
Asco, hubo.
Lo que no hubo fue sorpresa.

 

 

El Gobierno se quedó sin el instrumento de campaña más poderoso que tenía para las elecciones de octubre.

 

En un país normal, un ex director de contrainteligencia de la SIDE (AFI) estaría explicándole a la Justicia las más de 4.000 llamadas telefónicas efectuadas por servicios de esa agencia la mañana del asesinato de Nisman. En un país decente, un sujeto gangsteril como Rodolfo Tailhade debería estar fundamentando ante un juez su declaración de que “los cuadernos los escribieron Bonadío y Marcos Peña”. Pero en la Argentina que dejaron doce años de uso de los servicios de inteligencia para hostigar y criminalizar a periodistas y opositores, la gente como Tailhade no solo sigue libre, sino que se dedica a denunciar a los demás.

 

Una muestra y un resumen perfecto del marxismo de ayer, hoy y mañana en todos sus formatos.

 

Jacobo Timerman, que con solo 24 años fue confinado por Apold a las listas negras del primer peronismo y que luego consideraba a los montoneros como verdaderos "fascistas de izquierda", que solía acusar recibo en su oficina de sobres anónimos y amenazantes con las credenciales de sus periodistas recién asesinados, que un día recibió por la mañana una condena a muerte de un grupo guerrillero y por la tarde, otra firmada por una organización paraestatal de extrema derecha, consideraba en el transcurso de los ahora romantizados años 70 que el país se debatía directamente entre dos fascismos.

 

 

“Demasiado tardíos los laureles que florecen sobre la tumba”. 
– Marcial
 

 

 

En este año predomina la política electoral con dos condimentos. El primero, novedoso, es la pandemia; el segundo es semejante al mito del eterno retorno: votaremos, como es habitual, padeciendo los efectos de una economía en crisis.

 

 

El kirchnerismo está destruyendo, literalmente, al país. Lo está empobreciendo, haciéndolo desaparecer, transformándolo en insignificante en términos relativos. La coincidencia temporal entre la llegada del kirchnerismo al escenario político nacional y la caída estrepitosa de todas las variables comparativas de la Argentina sencillamente alarman.

 

Pisos electorales significativos pero insuficientes para ganar la elección. Un núcleo duro que exige posturas definidas, a menudo ideológicamente sesgadas, que podrían alejar (¿espantar?) a los electores más moderados.

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