Opinión

 

 

"Un hombre que carece de normas morales y hoy hace lo que ayer    
criticaba, no puede nunca representar lealmente a sus conciudadanos".
   
- José de San Martín

 

El presidente habló de más y recurrió a las peores adjetivaciones. Osciló entre el ridículo y la infamia. La imputación más benigna es la del ridículo, pero hay mucho de infame cuando en pandemia se discurre a favor de la viveza criolla. Ginés se fue y se fue no por una intriga de la oposición sino por una intriga interna, intriga que como efecto no querido ponía en evidencia uno de los episodios más desvergonzados e infames de la política criolla.

 

Un observador pesimista que viajara en el Titanic habría deducido con un simple vistazo que la cantidad de botes disponibles no iban a alcanzar en el caso que el “inhundible” trasatlántico sufriera un percance fatal como el que finalmente tuvo. También habría podido preguntarse cuál sería el criterio de evacuación de suceder lo peor.

 

 

El país parece resignado a profundizar la decadencia, y no se percibe alarma ante semejante debacle

 

Para dimensionar mejor el repicado escándalo de las vacunas ventilado a partir de las declaraciones de Horacio Verbitsky, que determinó el pedido de renuncia al ministro Ginés González García y una situación de turbulencia en el Gobierno, conviene evocar un hecho parecido ocurrido dos décadas atrás.

 

Es cierto que si de algo adolece la sociedad argentina es de educación cívica, pero también es cierto que no se le puede exigir a la gente que, por ejemplo, conozca en profundidad el Código Penal. Para eso estamos los abogados y específicamente para eso están los profesores de derecho penal, uno de los cuales es nada menos que Alberto Ángel Fernández, trigésimo quinto presidente constitucional de la Argentina, y el vigésimo cuarto que posee título de abogado, suponiendo que también lo tenga su Vicepresidenta.

 

El “acomodo” fue y es una forma de la vida cotidiana en el país, casi institucionalizada

 

Dos razones se entrecruzan en el escándalo que suscitara el sistema semi- clandestino de vacunación que había montado el ex–ministro de Salud, Ginés González García. Una explica porque pudo ponerse en marcha y la otra porque tuvo tamaña repercusión. Sería difícil imaginar que algo así sucediese en Suecia o en Norteamérica. Pero en estas playas, lo novedoso habría sido que no ocurriese. La impunidad que existe en nuestro país se halla tan arraigada que una oficina para los amigotes del poder es la cosa más normal del mundo. Si a ello se le suma la experiencia en la materia que acredita el kirchnerismo, el cuadro queda completo.

 

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

 

¿Es posible entender la política a través de los “sentidos”? Tal vez lo sea. Por lo menos en el lenguaje cotidiano se habla del “olfato” político, de la “mirada” política, del “oído” político, del “tacto” político, como recursos en más de un caso decisivos para entender la política o para tomar decisiones. Si esto fuera así, ¿por qué no mencionar también el “gusto” político? El gusto y el disgusto. Preveo las objeciones.

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