A pesar de que a Javier Milei se lo meritúa o se lo desvaloriza (según con qué cristal se lo mire) por las grandes diferencias que como personalidad, estilo, ideas y tantas otras cosas tiene con respecto al resto de la clase política, y en particular con todos los presidentes que lo antecedieron, es muy probable que la principal característica de sus primeros dos años al mando de la república argentina, sea la misma que tuvieron, tienen y nada indica que no seguirán teniendo, la inmensa mayoría de los dirigentes políticos del país: el ánimo, la voluntad, la pretensión, la utopía "refundacional", o mejor dicho, el delirio "refundacional".
En efecto, cada uno que asume se cree diferente al resto y quiere empezar de cero, como si fuera el primero, despreciando, minimizando, olvidando, o lo que es peor, tratando de borrar todo lo que hicieron todos antes de él. Y no sólo lo malo, también lo bueno; en realidad, todo. Algo que es, fue y será absolutamente imposible, además de absolutamente negativo. El peor rasgo de la "argentinidad".

Finalmente pasaron los comicios nacionales de renovación legislativa que durante meses hicieron correr litros de saliva y de tinta.
La elección del domingo pasado dejó al país ante una realidad que pocos esperaban. La Libertad Avanza no solo consolidó su posición como fuerza dominante, sino que protagonizó un triunfo que sorprendió a propios y extraños: casi 41% de los votos a nivel nacional y una victoria inédita incluso en la Provincia de Buenos Aires, donde hacía menos de dos meses había perdido por más de 13 puntos. El resultado, más que una expresión de esperanza, fue un grito de hastío y de miedo.
El buen ejercicio de la política, tan zarandeada en estos días, exige convivir con personas de ideas opuestas y aprender a respetarlas. El poder obtenido por quienes ganan elecciones, obliga a ello mucho más.
En los ‘70 había una serie de TV que se llamaba “Los Invasores”. En ella un perturbado David Vincent se proponía demostrar que el planeta estaba ya invadido por alienígenas que habían logrado camuflarse entre nosotros tomando las formas exteriores de los humanos.
La Libertad Avanza arrasó en las urnas y el kirchnerismo perdió dos millones de votos en todo el país.
El Gobierno inicia una nueva etapa tras el triunfo electoral; el peronismo, obligado a un replanteo.
Para el Gobierno el proceso que llega hasta hoy fue un Via Crucis. Se abre un interrogante sobre el gabinete.
“Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”.
Tanto se creyó Javier Milei durante estos dos años el emperador del mundo que hoy ni siquiera el real emperador del mundo, aún con su apoyo impresionante y desmesurado, puede lograr que vuelva a ser lo único que siempre debió ser: el presidente de la Argentina y nada más. Un buen presidente. Pero la oportunidad sigue estando. Todo depende de él.
“La derrota suele ser pasajera. Es la claudicación lo que la vuelve permanente”.
Hay entusiasmo en la Casa Rosada porque creen que avanza la estrategia de polarización. Curiosamente, el peronismo comparte los números del Gobierno.
Los alineamientos automáticos o en función de la afinidad personal de los gobernantes no suelen ser los más convenientes. Porque lo que importa es el interés nacional que requiere buenas relaciones con los Estados Unidos, pero también entender que nuestros mercados más importantes están en Asia por la magnitud de su población y de su economía. 