Opinión

El gobierno libertario se hundió en el único pozo que debía sortear: la endémica corrupción de la política argentina.

Hay dos hechos que me impactaron del impactante escándalo de corrupción que en estas horas salpicó al Gobierno.

Homo Argentum no tiene relación con las batallas culturales de los políticos. La inmensa mayoría de sus espectadores no la consideran ni kirchnerista ni mileísta ni de ningún signo político. Sienten que habla de todos nosotros, los argentinos, con sus defectos y sus virtudes, de cómo fuimos, cómo somos y cómo probablemente seguiremos siendo.

Llevo décadas cubriendo gobiernos y no encuentro un caso de corrupción simbólicamente comparable a la denuncia del propio abogado de Javier Milei sobre su hermana –500 a 800 mil dólares mensuales de coimas de laboratorios– que incrimine también al Presidente por encubrimiento.

El nuevo escándalo de corrupción que salpica a Karina Milei vuelve imposible separar su figura de la de su hermano. La relación simbiótica entre ambos expone que, si ella cae, el impacto alcanzará al Presidente.

Por ser Estados Unidos tan grande y opulento, Trump puede darse el lujo de soñar con la autarquía, pero la Argentina no puede aspirar a recrear dentro de sus propias fronteras un simulacro de la economía mundial.

Es posible que, en punto a la confección de las listas partidarias para las elecciones que se nos vienen encima —la primera, específicamente bonaerense, el 7 de septiembre, y la otra de alcance nacional, el 26 de octubre— no haya diferencias manifiestas entre los distintos partidos políticos que en esas fechas dirimirán supremacías con el propósito de hacerse de la mayor cantidad de diputados y senadores posibles.

En 2023, cuando la palabra casta alcanzaba su cenit, se creía que si Milei tenía éxito la política replantearía todas sus reglas. Muchos piensan que a Milei le fue muy bien: lleva gobernando más de 600 días con las dotaciones parlamentarias más raquíticas que haya tenido un presidente en toda la historia, sin equipos experimentados ni estructura partidaria, sin gobernadores propios, prácticamente sin intendentes, sin haber nombrado jueces, pese a lo cual logró la inédita proeza de realizar un ajuste récord sostenido con escasa merma por el apoyo popular originario, todo gracias a que cumplió la promesa principal de fulminar la inflación. Pero la nueva política, si se la esperaba, no termina de aparecer.

El Gobierno ratificó su apuesta por el verticalismo mileísta. Si el PRO y el radicalismo resultaron funcionales a la estrategia mileísta, el peronismo no les va en zaga. Preocupada más por sobreactuar una unidad en la que nadie cree, su dirigencia luce resignada ante una derrota que parece inevitable.

El gobierno de los EEUU parece dispuesto a terminar con una de las herramientas que sostiene a la organización criminal que desde hace décadas ha tomado el control de Venezuela.

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