Opinión

No hubo que contener el aliento o esperar demasiado. Sucedió lo que resultaba, a esta altura, un secreto a voces. Como era de esperar, la Corte Suprema de Justicia de la Nación decidió la suerte de Cristina Fernández, dejando firme la condena en dos instancias que sobre ella pesaba. A modo de consecuencia, la condenó a pasar los próximos seis años de su vida detenida en su domicilio e inhabilitada a perpetuidad para ejercer cargos públicos.

Para terminar con la cultura de la impunidad, es necesario que todos cumplan con sus deberes institucionales.

La inequívoca sensación de que se hizo justicia. Ni alegre ni triste, pero sí satisfecho. Hubo un "Nunca más" a los militares; hoy somos testigos de un "Nunca más" a los corruptos. A veces, muy de vez en cuando, los poderosos, o las poderosas en este caso, pagan. Supongo que resulta inútil explicarle a Cristina Fernández y a su círculo áulico que no está condenada por sus ideas, o por su militancia política, o por su aguerrido compromiso nacional y popular, o por el riesgo que su presencia podría ocasionarle al capitalismo, sino por ladrona y corrupta.

La Corte Suprema revisó que no se hayan violado garantías constitucionales y que la sentencia condenatoria contra la ex presidente no sea arbitraria. Todo, de acuerdo a Derecho.

En las primeras horas siguientes a la condena ratificada por la Corte, la centralidad de Cristina Kirchner no ha hecho más que expandirse; la defensa fallida de la expresidenta y Kicillof, una de las grandes víctimas de la resolución judicial.

La información divulgada hoy día por las huestes “K” y el PJ, donde se mezclan censuras con libertades sospechosas, no contribuye a desarrollar un pensamiento crítico con bases sólidas para vastos sectores de una sociedad sumergida en la incultura, la irracionalidad y el vandalismo consiguiente.

He aquí una interesante falacia causal. Cristina Kirchner sugiere que lo que produce el viento es el follaje de los árboles cuando se mueve.

La condena de ayer es el colofón de una historia que comenzó cuando a los dos días de asumir como presidente de la Nación, Néstor Kirchner convocó a un empleaducho bancario de su provincia e invirtiendo el sentido de las palabras bíblicas, le dijo, “Lázaro, levántate y roba”. Y Lázaro robó, primero para Néstor y luego para Cristina.

En el sustrato sociológico se diseminan los pedazos de electorado que los republicanos dejaron sin representación competitiva; están disponibles, a la espera de un liderazgo que los ordene y encarne

Quizá a esta altura de nuestra historia política resulte innecesario recurrir al diccionario de Cambrigde para definir el concepto de doble rasero, pero si alguien se toma ese simple trabajo descubrirá que lo define como “una regla o estándar de buen comportamiento que, injustamente, se espera que algunas personas sigan o alcancen, pero otras no”. Una versión más española y menos flemática alude a no aplicar el mismo criterio de valoración frente a sujetos o grupos distintos, deporte que consciente o inconscientemente los argentinos tenemos internalizado y que utilizamos a diario bajo la idea inconfesable de que poseemos la única verdad, que los contrarios nunca tienen razón y que el fin justifica los medios.

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