Opinión

No es solamente la cuestión del déficit fiscal la clave para que la economía crezca. En realidad, sin que sea la única causa, la historia económica del país muestra que nuestro principal problema es el de la balanza de pagos. Que entren más divisas que las que salen para decirlo en lenguaje claro.

La condena a Cristina Kirchner por corrupción pone a prueba la “cultura de la ilegalidad” que Argentina comparte con muchos países.

Vuelven a usarse lugares comunes, metáforas y acontecimientos históricos como referencia ineludible para culminar el reciente esfuerzo de “reperonización” de CFK, una identidad con la que siempre tuvo diferencias

Los kirchneristas se dieron el gusto de salir a la calle para honrar a Cristina Fernández, exigir su libertad y denunciar la conjura de intereses de las grandes corporaciones muy interesados en proscribirla. Las cifras confiables suman en la marcha alrededor de 150.000 personas, un muy buen nivel de convocatoria aunque muy lejos del vaticinio de un millón de manifestantes en las calles de todo el país. Políticamente la movilización está más cerca del fracaso que del éxito.

Haciendo caso omiso tanto de los delitos imputados a Cristina de Kirchner por una legión de magistrados que construyeron su condena como del hecho de que, según la inmensa mayoría de los estudios de opinión pública, casi 7 de cada 10 argentinos la consideran culpable de esas transgresiones, una numerosa legión de militantes y simpatizantes de ella ha decidido acompañarla, sostenerla políticamente y reclamar por su libertad y contra su inhabilitación política, pena accesoria que es descripta como una proscripción.

En la superficie de la política criolla la centralidad de Cristina Kirchner no admite dudas. Todo lo que se relacione con su futuro inmediato o mediato ha sido materia de análisis en el gobierno, en los estrados judiciales y en el estado mayor peronista por igual. ¿Deberá usar tobillera o no es necesario ponerle esa suerte de candado para estar seguros de que no saldrá sin aviso de su domicilio? ¿Podrá recibir cuantas visitas le vengan en gana o quedará reducida esa posibilidad a unos pocos y escogidos? ¿Tendrá libertad para salir al balcón y arengar a su tropa o eso le estará vedado? ¿Se le permitirá navegar sin condicionamientos por las redes para hacerse oír o ello le estará prohibido?

A esta unidad repentina del peronismo surgida de la condena definitiva a Cristina Kirchner no es fácil hallarle antecedentes históricos. Se habla de Perón, de Puerta de Hierro, de Gaspar Campos. Pero Perón no se hacía el prohibido, estaba prohibido.

Su condena es la consecuencia de años de cleptocracia. La disyuntiva del Gobierno sobre qué hacer con ella presa. A qué juega el peronismo.

Como dice el filósofo catalán Jaime Balmes, “criterio es un medio para conocer la verdad en las cosas y quererlas como es debido”; y también una manera de ejercitar la voluntad para verlas claramente, afirmando por consiguiente la validez de los conceptos que logremos formarnos sobre ellas.

“La mentira más común es aquella con la que una persona se engaña a sí misma”, denunciaba Nietzsche. En una tecnocultura de tribu –cultivada con relatos políticos, burbujas identitarias y sesgos de confirmación–, ese fenómeno individual se multiplica y se vuelve perenne y colectivo: elijo creer, vivamos la ficción, finjamos demencia.

Top