Opinión

Sólo alguien que no entendiese ni la relación de fuerzas existente a nivel internacional ni por dónde pasa el meridiano del poder, podría quitarle importancia a lo que acaba de ocurrir en la residencia de Donald Trump, en Mar–a–Lago. Más allá de cuanto atañe a la futura administración republicana —de puertas para adentro, en los Estados Unidos— el papel que desempeñó Javier Milei —no precisamente de reparto— merece una consideración especial.

No es admisible que un Presidente, al margen de su legítimo derecho a defenderse cuando se siente agredido, se exprese en forma amenazante y agresiva contra quienes no coinciden con su forma de pensar.

El “síndrome metropolitano” argentino procede de la relación disfuncional entre las jurisdicciones de la región que contiene el 40% de la población nacional en un 5% de su territorio: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires –Capital Federal–, su provincia homónima y el anillo que rodea a la primera: el GBA o conurbano bonaerense (CB), que concentra el 70% de la población de la segunda.

Las malas lenguas dicen que Javier Milei es loco, pero de vez en cuando la afirmación es matizada con la variante, “se hace el loco”, aunque, como es bien sabido, los que ceden a la tentación de hacerse los locos son un poco locos.

En marzo de 1973, cuando el peronismo ganó en forma rotunda las elecciones presidenciales (con el apoyo incluso de casi la totalidad de los que no lo votaron) tras la promesa del General Perón de retornar para reconstruir la unidad y la paz entre todos los argentinos, a los pocos días, su delegado juvenil -el tristemente célebre Rodolfo Galimberti- afirmó que se crearían milicias populares armadas para sostener al gobierno peronista contra la oligarquía y los militares.

Cristina Fernández arrastró siempre por la vida su origen plebeyo y controvertido, identificándose como émula de Napoleón y los arquitectos egipcios, habiendo llegado a proclamarse “abogada exitosa” ante estudiantes que la interpelaron por el origen de su fortuna personal durante una visita realizada a la Universidad de Harvard, sin que nunca haya puesto su firma en tal carácter en algún escrito jurídico que se conozca.

Un popular spot publicitario actual que, en la televisión argentina, promociona las ventajas de un banco, está protagonizado por el personaje de ficción para los chicos, el Ratón Pérez.

El Presidente organiza un sistema de administración en el cual nadie puede disentir, ni discutir, ni introducir matices; la búsqueda de consensos pasó a ser, en la retórica oficialista, la coartada de “los malos” para trabar el cambio

“Quienes buscan remedios económicos a los problemas económicos van por el camino equivocado”, decía Luigi Einaudi. Un camino que “sólo puede conducir al precipicio”. “El problema económico”, observaba, “es el aspecto y la consecuencia de un problema espiritual y moral más amplio”. No era un aficionado, un académico bueno para soltar sentencias: era un liberal de 18 quilates, un economista de cultura humanista, de los de antes. Fue presidente de la República Italiana en los turbulentos años de la posguerra, luego senador hasta su muerte. Sabía de lo que hablaba.

El Presidente y su amigo estatista: Trump; Elon Musk, en la mira de Janja da Silva; Musk, China e Irán; Xi Jinping y las “fuerzas del Cielo”; un gobierno que beneficia a los más pobres, pero no lo sabe.

Top