Opinión

“Todo proyecto cultural esconde una estrategia de guerra”.

 Pola-Oloixarac

A continuación, un texto que envié a algunos amigos desde el sábado, y me permito alterar mi costumbre de escribir sólo una nota semanal porque ha circulado mucho en las redes pero atribuido a “Luis Avogadro”. Como no sé de quién se trata, prefiero entonces asumir la responsabilidad de mis dichos.

El Presidente hace burlas pueriles con los apellidos; aprovechando su posición de poder, ridiculiza opositores, llama “ratas” y “degenerados” a los legisladores, naturaliza el acoso a los periodistas

El Papa acaba de hacer un aporte valioso al futuro de la Iglesia.
Pero sorprendió al decir "acordémonos de Roca, que les cortó la cabeza a todos los aborígenes, una cosa vergonzosa”.

Los profetas y “salvadores de la patria” son incompatibles con las instituciones liberales argentinas. Las instituciones de la Constitución.

En su empeño por demostrar que Dios ha muerto, Nietzsche comete una cierta injusticia y sentencia que “tener fe significa no querer saber la verdad”. La actual política outsider y polarizadora –proclive a nuevos mesianismos, refractaria a toda construcción dialógica y encapsulada en el culto a la personalidad y en fanatismos de salón y redes– ha asumido fuertes rasgos religiosos, y por lo tanto la fe popular en un redentor providencial se ha transformado en un factor de vida o muerte. No otra cosa auscultan, mes a mes, los encuestadores: el grado de fe que mantiene la ciudadanía en el líder místico. Y parece que la fe ha comenzado a flaquear.

Hace falta levantar la mirada para reconstruir un espacio capaz de inyectar una dosis de equilibrio a un sistema polarizado en extremo. De lo contrario seguirán rugiendo los leones, como dice el Presidente.

“Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere    
la Sabiduría: es una mujer que sólo ama a un guerrero”.
      
- Friedrich Nietzsche

Javier Milei, como casi todos los presidentes, suele culpar a los medios de comunicación de todo lo que le sale mal o no le sale. Pero el libertario lleva su obsesión a extremos pocas veces vistos. Sin embargo, esta semana cometió dos gruesos errores de comunicación por torpeza propia, donde los medios nada tuvieron que ver: Un acto en el Congreso de presentación del presupuesto, al que no vio nadie. Y un asado donde celebró haber impedido un aumento en las jubilaciones, que no le gustó a nadie, ni a los mileistas.

Esta segunda parte discute nuevos dilemas: qué hacer frente a las mutaciones culturales y socioeconómicas que procura imprimir Milei de modo indeleble sobre la sociedad argentina.

Ningún país exitoso descuida la inversión en infraestructura básica, ni en ciencia, tecnología y aun menos en educación y cultura.

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