Opinión

Es imprescindible que los presidentes Lula y Milei den el ejemplo de abrazarse en la próxima cumbre del G-20 en Río.

El presidente Milei señaló en la ONU que la Argentina abandonó la neutralidad. Lo que no explicó es en cual guerra hemos abandonado la neutralidad ni sabemos cuáles son los zurdos que vamos a combatir.

Hay imágenes, hay cifras que exceden a las palabras o que le impiden a las palabras expresarlas. El informe del Indec produce esos efectos: nos deja sin palabras porque sabemos que todo lo que digamos nunca podremos expresarlo en toda su dimensión.

Es posible que, como lo informan distintas casas encuestadoras, el grado de adhesión de la ciudadanía a Javier Milei en particular, y a su administración en general, haya decrecido en el curso de las últimas semanas. No sería de extrañar en atención, sobre todo, al veto con el cual el presidente fulminó la ley aprobada por ambas cámaras del Congreso, referida a los haberes de la clase pasiva. Algunos relevamientos ponen de manifiesto que, si bien el humor de la gente no ha cambiado de manera brusca, de todas maneras se nota una declinación tenue en el nivel de apoyo que el líder libertario ha recibido desde el inicio de su gestión.

Si todo va tan bien ¿Por qué hay coincidencia en que el gobierno entró en fase de desgaste en la opinión pública?

“¿Qué escucharemos mañana de tu presidente?”, indagó el lunes pasado una experimentada diplomática latinoamericana con casi 30 años en las Naciones Unidas. “Necesitamos que la Argentina se mantenga involucrada en las cuestiones más sensibles de la región y del mundo”.

El debut de Javier Milei ante la Asamblea General de las Naciones Unidas esta semana mantuvo, en términos generales, la coloratura de otras intervenciones suyas ante audiencias presumiblemente globales, que inauguró en enero, con su filípica del Foro Económico Mundial, en Davos.

Es imprescindible, sobre todo después de las revelaciones que sacuden por estos días a la opinión pública, recrear la confianza en las instituciones. Entre muchos otros aspectos, no parece admisible que un político condenado por delitos de corrupción sea candidato a un cargo electivo. Aunque a la gran mayoría de los argentinos le parecería natural y justo que en esos casos se inhabiliten las candidaturas, existe una laguna legal sobre esa cuestión que impide que los jueces puedan intervenir eficazmente para prevenir esa situación.

De la misma manera que amar el bien es santidad y salud de la voluntad, ver la realidad es sensatez y salud del entendimiento, a pesar de lo cual hay seres humanos que se conforman a sí mismos recibiendo la influencia del pensamiento de otra gente adoptándolo como propio, adquiriendo de tal modo idénticas inclinaciones.

Ahora en EE.UU. como antes en Suiza, el jefe de Estado endulzó los oídos ideológicos de los sectores más extremos de la política, la economía y el empresariado. Eso sin que hasta ahora haya redundado en beneficios para la Argentina más allá del ego presidencial.

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