Opinión

Más allá de la marcha en contra del veto al presupuesto universitario, el gobierno ya había perdido la batalla en la opinión pública, como también había sucedido con la actualización jubilatoria. Estos son dos datos puntuales, pero que dicen cosas interesantes sobre la dinámica de la administración Milei.

Lo que no pudo una fragmentada oposición podría producirse como fruto de combinar mala praxis, inflexibilidad y una tendencia a redoblar la apuesta de un conjunto de líderes con escasa experiencia política y práctica

La universidad pública me recuerda a aquellos viejos árboles plantados a la vera del camino o en algún punto de la llanura. Puede que algunas de sus ramas estén secas, puede que en el tronco se hayan adheridos hongos y parásitos, puede que algún ave de pico encorvado haya hecho su nido, pero nada de ello impide que sus raíces estén bien hundidas en la tierra, que su tronco sea sólido, que sus hojas sean verdes y sus flores desparramen perfume por el aire.

Tal como sucedía en La Cámpora de Cristina –los pibes para la “liberación”–, la escudería digital del Presidente cobija a los que creen y a los que cobran. Los últimos se autorrotulan –y los rotulan sus “enemigos” internos– como “Gordos Tuiteros”; los primeros son los liberales sin cargo, influencers que dan la batalla cultural por las “ideas correctas”. También, como en la marca original de la escudería joven kirchnerista, hay una tribu que mezcla a ambos: a los que cobran y a los que creen.

En momentos en que recrudecen las críticas al gobierno de Javier Milei por lo que “todavía no ha logrado” (sic), muchos políticos profesionales y sus usinas periodísticas favoritas omiten cualquier mención a los aciertos de quienes están cambiando la cultura popular respecto de la antinomia entre austeridad y dispendio.

El cuidado del dinero del pueblo debería ser la responsabilidad número uno de cualquier gobierno. Y el líder de un gobierno que dé muestras de cuidar ese centavo público cuyo manejo la ciudadanía le confía, debería ser, en teoría, el líder más popular y más reconocido.

Desde que hace dos semanas Milei organizó un asado autofinanciado para los 87 “héroes” que “pusieron un freno a los degenerados fiscales” no se conocieron nuevas hazañas legislativas. Hay dudas de que el heroísmo vaya a replicarse en breve.

Ser liberal implica aceptar que la vida es sagrada, que toda persona vale, que nadie puede ser discriminado, que pensar diferente es deseable y necesario

La Constitución Nacional faculta al Presidente a dictar los llamados decretos reglamentarios, pero esa reglamentación no debe alterar el espíritu de la ley.

“El residente cipayo del movimiento vendepatria libertario rechaza la agenda extranjera y globalista que el gobierno nacional y popular hubiera aceptado de rodillas y con la cola”, ironizó esta semana el Gordo Dan, comandante supremo de las milicias digitales de las fuerzas del cielo y una suerte de Boogie El Aceitoso de los anarcocapitalistas argentos. Javier Milei no tardó en respaldar con énfasis esa ocurrencia, tal vez porque define a la perfección la paradoja del momento: el insólito giro “emancipatorio” que esgrime nuestra nueva derecha para rechazar el debate abierto por la mayoría de los países en el seno de la Naciones Unidas.

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