Opinión

“Lo ayudamos sin querer queriendo”. Un legislador importante de la oposición exhibe su larga trayectoria al emplear la frase de un antiguo éxito televisivo mexicano, El Chavo del 8, para describir cuán funcionales terminan siendo para Javier Milei sus oponentes políticos.

Aunque una de las banderas del gobierno libertario es la simplificación burocrática, hay cosas que Milei debería aprender del peronismo. Ponerle “Centro Cultural Palacio Libertad Domingo Faustino Sarmiento” al “CCK” tal vez no vaya a pasar a la historia como uno de sus mayores aciertos.

En el imaginario argentino las universidades son un factor de movilidad social. Sin embargo, debido a la crisis en la educación básica dejaron de serlo. La herramienta que cuenta la Nación para revertir esta situación es empoderar a la ciudadanía para que presione a las provincias y a las universidades a que mejoren la gestión.

Corría fines de 1974, en la ciudad de México. Hacía pocos meses que en su último acto de gobierno Juan Domingo Perón firmó el cese de actividades de Héctor J. Cámpora como embajador argentino en ese país. Según algunas versiones de esos tiempos, ya casi en su lecho agonizante, expresó: “qué asco” cuando puso su rúbrica en el decreto. 

Como el viejo nacionalismo, como el peronismo más derechista, Milei piensa que el destino del país es restaurar la vocación cristiana de Occidente, redimirlo de los pecados de la modernidad secular

“El campo de batalla es un escenario de caos constante. El ganador será quien controle ese caos, tanto el propio como el de los enemigos”. Hay muchos ingenieros del caos y teóricos de la fragmentación, pero conviene siempre volver a un verdadero baquiano: Napoleón Bonaparte.

“Con una Justicia independiente, confiable y rápida, todo será posible; sin ella, nada lo será”.

Existe un tercio de la sociedad que viene marcando el ritmo de este tiempo. Es una importante minoría que da señales de existencia desde hace años y que asumió el poder el 10 de diciembre pasado de la mano de quien mejor la espeja.

Se puede defender un ideal de universidad criticando a la actual, incluso duramente. Los que no se necesitan en este debate son los que no creen en la universidad pública, esos que se dediquen a otra cosa.

A Horacio Rodríguez Larreta lo insultaron, lo escupieron y no faltó quienes intentaron asestarle una patada o un puñetazo. Le dijeron "rata", "hijo de puta", "basura", adjetivos que pareciera que en los tiempos que corren han adquirido una inusitada actualidad al punto que los extremos de la derecha a los extremos de la izquierda compiten para usarlos. Por supuesto, nadie se hizo cargo de la agresión, porque una de las condiciones que se exige para participar en esos jolgorios es el anonimato; el anonimato de la multitud, de la patota, de "la canalla".

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