Opinión

La pusilanimidad, el miedo, la pequeñez, los intereses y la falta de visión hisórica de algunos dirigentes políticos de la Argentina, francamente apesta.

Con dieciséis años de condena, el dirigente y ex gobernador peronista Jorge José Alperovich se suma a la saga de corruptos, criminales y abusadores sexuales que ilustraron la historia política negra de nuestro país. Alperovich pertenece al linaje de los violadores y asesinos de Soledad Morales, de los responsables por la muerte horrible de las dos mujeres asesinadas en un zoológico por órdenes de los cabecillas del peronismo santiagueño, de los depravados que ultimaron a Cecilia Strzyzowski, también asesinada en un episodio oscuro y sórdido en el que están comprometidas las redes del poder peronista chaqueño.

Cambiar implica siempre un ensanche de la brecha entre lo que creemos y lo que realmente es, entre las imágenes existentes en la realidad y lo que presumimos deberían reflejar.

Desde Dalmacio Vélez Sarfield y Leandro Alem hasta Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Alfredo Palacios, Juan B. Justo o Lisandro de la Torre, unos cuantos líderes políticos que desempeñaron papeles centrales en la historia argentina fueron, al comienzo o al final de sus carreras, senadores nacionales. Abundan los casos de quienes ocuparon una banca en el Senado incluso después de haber ejercido la presidencia de la Nación: Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, Alfonsín, Menem.

Goethe definió la tragedia como un conflicto en el que las dos partes tienen razón. La actual pelea entre el presidente de la Nación y el periodismo es también un conflicto en el que ambas partes tienen algo de razón pero en su variante circense.

Querer compararse con grandes figuras de la historia, tal cual a veces hace Milei, es pura megalomanía. Como con Napoleón Bonaparte, pero, si no se tienen delirios de grandeza desmesurados, el emperador francés puede serle muy útil a nuestro presidente, primero porque vino a cambiar lo viejo por lo nuevo pero nunca despreció la política (hasta escribió textos defendiéndola) y siempre se sintió un hombre de Estado. Además fue Napoleón quien expandió las ideas liberales y republicanas por todo el continente europeo a través del ejército imperial. Pero las ideas novedosas de la época no eran de él solo ni de una secta, eran de las nuevas clases sociales, en particular de la burguesía y el resto del pueblo llano. El sólo intentó universalizarlas. He aquí grandes cuestiones que Milei debería aprender de su admirado Napoleón, en vez de querer ser él, lo que seguramente nunca jamás será.

“Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás”.
- William Faulkner

Regímenes de privilegio como el de Tierra del Fuego se han convertido en un símbolo del disparate como lo fueran los regímenes de promoción industrial de los 70, fuentes de escándalos y corrupción.

El Gobierno vende como festejo lo que es apenas un respiro. La intimidad del día clave para el presidente, la amenaza de Villarruel y el negocio de las embajadas. Ni los chinos ni el Fondo ponen los dólares que faltan.

Lo más importante de todo lo que pasó esta semana no es tanto la ley, sino el aprendizaje que hizo el oficialismo para arribar a la aprobación en el Senado, más allá de las cosas que tuvo que resignar, y más allá del faltante tratamiento en Diputados. De todos modos, el gobierno no debería quedarse dormido porque el diablo siempre puede meter la cola. Además, cuanto más tiempo pase, más probabilidad hay que haya un martes 13. Pero como ahora ya probó con éxito una metodología, es más difícil que ocurran contratiempos.

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