Opinión

Más allá de las idas y venidas, las resistencias y los reacomodamientos que puede producir, ocho semanas en el poder fueron más que suficientes para que Javier Milei advirtiera que no podía continuar con su esquema original de gobierno y con su endeble presencia tanto en el Congreso como a nivel territorial, considerando provincias y gobiernos locales.

Aunque desde ciertos despachos del gobierno de Javier Milei se asegura que el viernes 1 de marzo el Presidente asistirá al Congreso para dar inicio al año legislativo con un discurso ante la asamblea de diputados y senadores, no faltan analistas que lo ponen en duda a la luz de lo ocurrido el último 10 de diciembre, cuando, en la fecha de su asunción, Milei desairó a las Cámaras y decidió hablar de espaldas al Palacio de las Leyes con la intención de ilustrar su vínculo preferencial con la “gente de bien” (como él llama a sus simpatizantes) y su desprecio por “la casta” (rótulo que aplica a políticos y sindicalistas, a menudo con alcance genérico pero a veces exceptuando a quienes le resultan menos incómodos). 

Dice un refrán, probablemente español, que de noche todos los gatos son pardos. Que de noche no podemos distinguir a un gato de otro gato. Los gatos son, en este caso, lo que por comodidad taxonómica vamos a denominar “derecha populista”: Trump, Bolsonaro, Orban, Meloni, Milei y cuantos gusten ustedes sumar. Hago, entonces, una sugerencia: ¿y si miramos a los gatos de día? Si los miramos de día los gatos son de distinto color, y el término derecha populista explicará algo pero no todo, porque lo que no explica es la especificidad de cada caso, los rasgos diferenciales. No explica, entonces, la historia. En otras palabras, necesitamos de la luz del día para reflexionar sobre Milei, sobre las causas de su aparición en la escena pública, sobre su posible destino político.

“Je t´aime¨…moi non plus” (“te amo…yo tampoco”) (título de una canción de los 60 de Serge Gainsbourg que alude a la irresolución de algunos individuos respecto del amor)

La condenada por robarle al pueblo argentino 1000 millones de dólares (técnicamente la condena fue por “administración fraudulenta” pero esa “administración” fue el medio usado para robar dinero público que los argentinos le aportan -con muchísimo sacrificio y, en muchos casos a costa de hambre y muerte- al fisco) emitió, como si fuera un dios del Olimpo un “documento” de 33 páginas en donde se da el lujo de criticar al gobierno de Javier Milei sin hacerse cargo de un solo miligramo del oceánico desastre que dejaron 20 años de kirchnerismo explícito.

¿Y ahora? El que piensa mal peca, pero a menudo adivina. Como todos somos pecadores, todos pensamos mal. Y al hacerlo, quién sabe, capaz que adivinamos. Ante el triste final de la famosa megaley que debía revolucionar la Argentina, al convertirse la guerrilla parlamentaria en derrota epocal, surge la pregunta: ¿fue realmente impericia? ¿Tanta y tan evidente que pareció un monumento a la impericia? Tal vez. O no. Quizá el presidente Milei jugaba a perder. Prefería la derrota total a la victoria parcial. Dicen que es un genio; vaya uno a saber cómo piensan los genios.

Las señales del cambio en la Argentina son evidentes, en esta última semana volvió a foja cero la ley ómnibus.

Este encuentro nos recuerda la importancia de la esperanza, el diálogo y la empatía en la construcción de un futuro más inclusivo y compasivo

No se trata sólo de los poderes esenciales del Estado sino también de sus normas y las garantías constitucionales

“Las personas que están lo suficientemente locas como para    
creer que pueden cambiar el mundo, son las que lo hacen”.
 
- Steve Jobs

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