Opinión

En la última semana los asesinatos de las bandas criminales que infectan la ciudad de Rosario desafiaron de una manera explícita la autoridad del Estado. En primer lugar, del estado provincial, de Santa Fe.

No me gustan los próceres. Suelen ser un engorro para el ciudadano y para el historiador. Admito que la patria necesita sus mitos fundadores, tal como Virgilio hizo con Eneas. Pero los mitos tienen sus problemas. En el himno que lo honra, ese de “Yerga el Ande”, San Martín fue “grande” “por secreto designio de Dios”, y su “trono” se ubica, “entre cielos y nieves eternas”. Dios ungiendo a un militar, que nos mira desde la eternidad: pésimo precedente de lo que Loris Zanatta llamó “la nación católica”.

Juzgar bien depende siempre de la calidad de percepción que se tenga sobre lo que ocurre en el ámbito de la realidad. No obstante, puede observarse que muchos individuos suelen hacer suposiciones totalmente desviadas de lo que sucede a su alrededor, quedando impedidos de analizar con acierto los objetos que les rodean.

Desde Bolivia y por el río Paraná, hasta unos de los puertos más importantes del mundo, el camino de la droga hace su recorrido. Si se logra descorrer los velos de protección, es posible detener su avance.

En las nacientes del Amazonas, tierras que el tío Virgilio describía como jamás alcanzadas por el hombre blanco, había una aldea indígena cuyos pobladores tenían un modo muy peculiar de hacer frente a las crecidas del río. Es una pequeña historia que cuenta en Montoneros, la soberbia armada Pablo Giussani, cuyo tío Virgilio, un emprendedor italiano con ocasionales inclinaciones aventureras, se la había narrado a él.

“Durante un segundo de lucidez tuve la certeza de que nos habíamos vueltos locos –dice un personaje de Los detectives salvajes–. Pero a ese segundo de lucidez se antepuso un supersegundo de superlucidez en donde pensé que aquella escena era el resultado lógico de nuestras vidas absurdas”. 

“A veces me he preguntado qué aspecto tendrían los Diez Mandamientos     
si Moisés los hubiese pasado por el Congreso de los EE.UU”.
        
 - Ronald Reagan

Es muy difícil, por no decir imposible, diferenciar la personalidad del personaje. Si esto vale en general, vale con particular intensidad en el campo de la política, y ni hablar si el personaje en cuestión se llama, por ejemplo, Javier Milei. Insisto en este último aspecto, porque por las modalidades de la llegada a la presidencia del líder anarcocapitalista los rasgos de su personalidad para mal o para bien son decisivos.

En el discurso de apertura de sesiones ordinarias de Congreso, abundaron torvas amenazas y la tesitura de prevención normativa severa fue apenas más leve que la de cuando Perón amonestaba anunciando que haría “tronar el escarmiento”.

Mientras millones de personas miran las noticias sobre guerras lejanas mezcladas con otras noticias periódicas sobre las confrontaciones acaloradas de toda política interna y sobre cholulismo, allá afuera muchos movimientos se orientan hacia conflictos de proporciones devastadoras. En la vida, las palabras y los hechos se van retroalimentando. Y el lenguaje bélico está tomando proporciones muy preocupantes. Hay muchas fuerzas desatadas para la guerra y muy pocas trabajando para una paz sustentable, que permita a nuestros hijos vivir en un mundo de convivencia y posibilidades de progresar, familiar y colectivamente.

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