Opinión

Es extraño que se haya establecido como feriado el día del golpe de Estado. Debe ser un caso único en el mundo. El uso faccioso que se le ha dado en los últimos veinte años torna necesario que alguna vez el Congreso lo modifique

Es seguro que Victoria Villarruel no imaginó que su calificativo de “pobre jamoncito” dirigido a quien hasta ese momento era presentado como “rey león” se convertiría rápidamente en trending topic en redes sociales y depararía infinidad de memes que serían celebrados especialmente desde la pochoclera platea kirchnerista. Su frase “Karina es brava, yo también (...) y en el medio está Javier, ¡pobre jamoncito!” resulta, sin embargo, anecdótica, frente a las diferencias que puso de manifiesto la vicepresidenta respecto de algunas decisiones del jefe del Estado.

La propuesta que va a elevar para jueces de la Corte Suprema pretende dejar a todos los bandos contentos con una sola jugada.

Maltratar sin distinción a los políticos está ocasionando muchas dificultades al gobierno libertario.

Transcurridos sus primeros 100 días en la presidencia, Javier Milei no ha conseguido aún, pese a la férrea decisión que exhibe, convencer a la mayoría de la sociedad (incluidos poderosos sectores que simpatizan con sus objetivos) de la sustentabilidad en el tiempo de su acción de gobierno.

A medida que vamos descubriendo la personalidad del Presidente Milei, advertimos su convencimiento de que el país es prácticamente ingobernable de la forma en que lo ha encontrado y se debe propiciar una apertura a estrategias diferentes para solucionar los problemas que nos aquejan.

Debido a que Néstor Kirchner asumió la presidencia un 25 de mayo, la misma fecha en la que treinta años antes Héctor Cámpora había iniciado su meteórico gobierno, el Día de la Patria devino una efeméride recargada.

El presidente Milei carece de la fuerza política necesaria para este ejercicio tan vasto de imposición, aunque se crea Aquiles.

Cumplidos tres meses de la asunción de Javier Milei, es notorio el profundo cambio del rumbo económico. La gran mayoría de los argentinos sabemos que debemos atravesar el desierto, que vivimos y viviremos por un tiempo estrecheces, pero sabemos también que ese esfuerzo es indispensable para salir del pozo. Es un esfuerzo vestido, después de tanto tiempo, de ilusión, una ilusión asentada no en utopías sino en datos concretos.

“Te pido que me juzgues por los enemigos que he hecho”, se defendía Franklin Roosevelt. Ese mismo reclamo es lo que parece formularles cada día el León a sus sufridos votantes mientras atraviesan el tortuoso desfiladero de la recesión. Son sus enemigos y no los resultados brillantes de su gestión lo que mantiene a la tripulación y a los pasajeros unidos en la nave, no sólo confiando en el capitán sino siendo literalmente sus rehenes. No hay otro barco en el horizonte ni otro rumbo, dicen quienes profesan la fe de los desesperados; no eligen creer, sino que saben consciente o inconscientemente que no se pueden permitir el lujo de creer en ninguna otra cosa mientras permanezcan en esas aguas borrascosas y solitarias.

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