Opinión

De un lado la casa luce ordenada y todos los artefactos necesarios para que funcione parecen estar en el lugar que les corresponde. Del otro lo que prima es un desorden acusado. Allá reina la claridad mientras acá solo se recortan sombras. En una prevalece la coherencia, y una lógica precisa explica los movimientos de los funcionarios y sus decisiones. En la otra luce la confusión y la irracionalidad campea a sus anchas. No estamos describiendo el reino de la luz opuesto al de las tinieblas.

El Gobierno de a ratos parece querer transitar el camino del pragmatismo, pero a veces hace falso contacto.

A Jorge Lanata le asiste todo el derecho del mundo en querellar al presidente Javier Milei. Es más, si no lo hiciera daría lugar a que se sospeche o se suponga que el calificativo de "ensobrado" que le endilgó el presidente es verdadero. En un programa de televisión, Patricia Bullrich le solicitó a Lanata que levantará la querella, pedido que seguramente el periodista no cumplirá.

La historia confirma que los argentinos hemos propiciado durante años sucesivas transformaciones políticas y sociales “voluntaristas”, que nos impidieron aglutinarnos alrededor de algún proyecto totalizador, quedando presos de una suerte de utopía cultural en la que estamos sumergidos hasta el cuello.

El periodismo, o mejor dicho los periodistas, constituyen una raza especial. O muchos de ellos, al menos. En su mayoría es gente formada e informada, con una alta autoestima, con la creencia de que su trabajo contribuye al bienestar general e, incluso, a la esencia del funcionamiento democrático y con la idea de que, invariablemente, hay un vuelo intelectual en sus elaboraciones.

Catapultado por el sufragio popular, Milei lidera hoy una sociedad mayoritariamente unida detrás de un objetivo sacrificial, objetivo medular nada glamoroso: aniquilar el déficit fiscal. Lo llamativo ya no es que Milei ganó con el 55,5 por ciento de los votos mediante rugientes promesas de ajuste, sino que la mayor parte de la sociedad lo sigue apoyando con fervor, pasados cuatro meses de padecimientos sociales, crecimiento de la pobreza y expectativa de meses aún más duros. El fervor de muchos sensibles seguidores aúlla en las redes, sobre todo cuando alguien osa intercalar una crítica siquiera parcial, como si cualquier crítica segregara hiel destituyente.

Solo por terror a ser feo, poco inteligente o simplemente no querido, necesita que lo idolatren. Quisiera no ser bajo, ni gordito, ni tener papada, por eso no acepta que se lo filme o fotografíe de forma independiente.

No hay dudas de que luego de tantos años de populismo la Argentina necesita reformas que se basen en las más sanas ideas liberales.

Que por primera vez un presidente de la Nación califique como “imbécil” a un articulista porque escribe cosas supuestamente “estúpidas” y “pelotudeces” (sic) no es menos escandaloso que la ocurrencia de que esta clase de injurias “democratizan al periodismo”: por acción, omisión, militancia solapada, seguidismo oportunista o ignorancia directa, parece que para ciertos colegas a Javier Milei lo asiste incluso el derecho al insulto personal.

“Las armas son instrumentos fatales que solamente deben ser utilizadas cuando no hay otra alternativa”.  
- Sun Tzu

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