Opinión

 

Una vez más un gobierno peronista intenta manipular a la Corte Suprema de Justicia de la Nación para que sea un apéndice del Poder Ejecutivo.

 

 

No son pocos los dirigentes que, frente a lo que ocurre, están proponiendo acuerdos políticos, económicos y sociales para los tiempos que vendrán luego de que lo peor del Covid-19 haya pasado.

 

 

Curioso país el nuestro, en el que la irresolución de los problemas que traban nuestro desarrollo económico, social y político nos exige vivir una cotidianeidad febril que nos inhibe comprender la obviedad del lenguaje de los gestos y las actitudes.

 

 

La presidenta María Estela “Isabel” Martínez de Perón tomó juramento a Celestino Rodrigo como ministro de Economía un día como hoy, hace 45 años.

 

 

El sentido común sugiere, con bastante claridad, que ante cualquier crisis social –de la naturaleza que sea-, un gobierno debería tomar medidas de prevención para que ésta no se profundice, asesorado por representantes que se correspondan con las distintas vulnerabilidades que aquella provoca en las distintas incumbencias de los ciudadanos.

 

 

Será por la prosapia militar de su fundador, será por su cultura política (repleta de palabras como “conducción”, “verticalismo”, “orga”, “cuadro”) lo cierto es que el hábitat natural del peronismo son las crisis.

 

 

En el curso de unas pocas semanas pasaron de creerse los mejores del mundo, o poco menos, a entrar en pánico y perder los estribos en punto a sus declaraciones.

 

 

La nueva normalidad ya llegó. Está aquí. En todas partes. Expandida a los más variados órdenes de la vida. Desde la desocupación, la deuda y el futuro de los teatros hasta la agenda de los preescolares. Es la incertidumbre. Por su propia esencia tiene carácter provisorio, pero mientras tanto, la incertidumbre es lo normal.

 

 

El Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, elaboró una curiosa interpretación de la pandemia: dijo que el coronavirus “es democrático para infectarse, pero clasista cuando hay que contar a los muertos”.

 

 

Detrás del drama económico y sanitario se encuentra siempre el riesgo de ceder ante los personalismos, las ideas totalitarias y los aventureros mezquinos de la política con sus sueños de mayor segregación.

 

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