Opinión

 

El cristinismo y el kirchnerismo batalladores tienen ansias de venganza, siguen atados a ideologías viejas y desgastadas. Se enojan por minucias

 

 

No hay un solo futuro tecnológico, sino muchos posibles. Alcanzar uno u otro depende de las personas que toman decisiones

 

 

Una vez que las administraciones de izquierda fueran elegidas, esos gobiernos impondrían la agenda del Foro de Sao Paulo. En algunos casos, como Venezuela, Nicaragua y, en cierta medida, Bolivia y Ecuador, la democracia se redujo a la ficción mediante el desmantelamiento de controles y equilibrios.

 

 

En cualquier país medianamente civilizado, en donde las instituciones no tuviesen la consistencia del cartón y la Justicia no fuese un hazmerreir, las declaraciones del intendente de José C. Paz, que se conocieron el pasado fin de semana, hubieran generado un revuelo de proporciones, y su responsable habría sido despedido del cargo que ocupa, sin derecho a apelación. Pero estamos en la Argentina, y aquí rigen las leyes de la omertà.

 

 

Como era lógico los principios que el gobierno pretende aplicar a toda la Argentina no podían variar en el caso del enfoque que intenta darle al tratamiento del coronavirus.

 

 

El populismo no suele ser escrupuloso con el lenguaje. Su relación con las palabras merodea la manipulación, porque se supone que la conquista política del "sentido común" suele permitirse estas licencias. Ocurre que una concepción de la política que establece una diferencia definitiva entre amigo y enemigo exige el uso y, si es necesario, el abuso de palabras que cumplan con ese objetivo.

 

 

Aún sin conocer el número final de enfermos y víctimas fatales -en el mundo hay, al momento de escribir estas líneas, cerca de 16 millones de casos y más de 600.000 muertos- las consecuencias de la pandemia, en términos económicos y sociales, son dramáticas e históricas tanto a escala global, como en la región de América latina y, también, en nuestro país.

 

El kirchnerismo ha logrado que terminemos nadando todos en un estanque de aguas fétidas, donde lo bueno, lo verdadero y lo ilustre nadan mezclados con diversos microorganismos que han terminado infectando nuestra salud física y mental.

 

 

Sabemos por la dura experiencia que estamos viviendo que ante la presencia de un virus con gran potencial de daño y contagio corresponde poner a quien lo porta, o presuntamente lo porta, en cuarentena.

 

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