Opinión

 

Pese a que Borges era completamente alérgico a cualquier efusión chauvinista o patriotera, sugería con orgullo que la amistad era nuestro gran activo: la mejor pasión argentina.

 

 

La frase del título la dijo un ciudadano argentino residente en el Barrio Los Naranjos, situado en Machwitz, provincia de Buenos Aires. Parece ser así. La inseguridad viene asolando al país desde hace tiempo. Se cimenta en el aumento de la pobreza, la falta de trabajo y el seudo “garantismo”.

 

 

 

“¡Qué cosa más maravillosa es el pánico, esa partera de la Historia!”
-
Antonio Scurati

 

 

Si algún ingenuo ciudadano hubiese tenido interés en indagar respecto de las propuestas electorales de los distintos candidatos a las elecciones de octubre pasado habría llegado a una simple conclusión: la fórmula de los Fernández presentaba un plan diseñado para satisfacer a la gran mayoría de los economistas, al FMI y, en especial, a los infaustos y descreídos tenedores de títulos públicos.

 

 

En la Argentina no parece haber un poder bicéfalo. Sí hay un sector que quiere darle órdenes a otro, que lo condiciona, que lo obliga a contradecirse, a romper con promesas no tan viejas

 

 

Mientras que, después de una extensa cuarentena, la Argentina (sobre todo la región metropolitana) parece toparse finalmente con el demorado pico de la pandemia, empiezan a observarse señales de lo que vendrá después. Algunas son prometedoras; otras, inquietantes.

 

 

Alberto o Cristina, Cristina o Alberto, hace meses que no se habla de otro tema. ¿Será normal? La dialéctica política argentina no pasa, como en cualquier democracia, por el gobierno y la oposición, la mayoría y la minoría.

 

 

La Argentina actual es el producto de una doble deriva: la socioeconómica y la política. La primera data de mediados de los 70 cuando expiró la última convicción compartida por nuestras elites dirigentes de romper el cerrojo de la sustitución de importaciones mediante una apertura productiva agropecuaria e industrial.

 

 

Aun cuando fuera su deseo más profundo, Cristina Kirchner no podría prescindir del hombre que eligió para encabezar la fórmula electoral del Frente de Todos. Si deseara desalojarlo de Balcarce 50, no lo conseguiría.

 

 

Si uno aspirara a ser invitado por la reina Isabel a tomar el té en el Palacio de Buckingham probablemente no lo ayudaría salir en el Times de Londres diciendo que el protocolo de la monarquía le parece una pérdida de tiempo. Alberto Fernández, sin embargo, acaba de hacer algo parecido.

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